En mi Aleph hay un parterre con flores intactas. Hay una única flor de jazmín en un ojal. Hay una fuente de la cual mana un río que no llega a ningún sitio que yo conozca. Hay un risco en el que se encarama una cabra. Hay carreteras interminables que se agostan a lo lejos. Hay pasillos y paredes estucadas. Hay dedos que se mueven. Hay un señor sin pelo con una linterna frontal. Y una bata verde. Hay cuerdas de contrabajo que vibran y escobillas que remueven el aire. Y silencios que son música entre tecla y tecla. Hay la calle de las Torres que siempre lleva a mi casa. Hay tal cantidad de letras que llenarían el Aleph si este no fuera infinito. Hay un radiocasete negro con una sola tecla roja en la que pone rec. Hay cintas de zarzuela y de Los Panchos. Hay perfumes de muchos días. Hay vinos y palabras pronunciadas como si fueran conjuros. Hay grandes ojos marrones con largas pestañas. Y hay el imperceptible aire que mueven. Hay una negativa constante y un malecón que se repite en varias ciudades. Y en varias emociones. Hay sitios increíbles a los que me han llevado pero en los que he estado yo sola. Hay antiguos libros de cocina en fascículos y enciclopedias con saberes que ya nadie busca. Hay alfa y omega y un mar que guarda mi risa. Y unas olas que siempre se dirigen hacia mí. Y un horizonte que no contiene mis límites. Hay todas las brisas. Y el viento que se lleva las nubes. Hay cierta violencia que agrada. Hay corrientes que pasan de uno a otro. Hay muchos lugares que son míos y muchas casas que no son mi casa. Hay algo como de algodón. Y algo muy blanco.

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