Si enterráis el corcho de un buen vino, resultado de una mezcla conveniente de Tempranillo y Malbec, y el tiempo ha sido apacible, al cabo de veinte años el alcornoque llegará a su madurez. Ofrecerá bellotas que se emplearán como alimento de cerdos ibéricos de pura raza que, una vez cebados, son sacrificados para su consumo. Sus patas traseras, especialmente aquellas sobre las que el animal solía descansar, serán desecadas y curadas durante tres años. Al cabo, obtendremos jamones ibéricos cuya carne de color cereza picota arroja aromas de grosella ligeramente especiados. De lágrima lenta, su paso en boca es aterciopelado, de taninos golosos y con recuerdos a maderas nobles. Retrogusto con ligera nota a regaliz.

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