El invierno fue difícil. La nieve adormecida, el frío con sus vientos punzantes, inacabables, arrojaron el presagio de bosques desarmados y silos vacíos. Arrastró penosamente a una primavera yerma, de broza y piedra, de animales desnutridos, carcasas fatigadas que buscaban en el cielo el milagro. Nunca, en sus más de dos siglos, el alcalde Quirón había soportado una penuria semejante. Apenas quedaron carneros para colmar de sangre el aljibe. Hubo que renunciar al resto de ganado. Bueyes, puercos, gallinas y asnos fueron pasados a cuchillo. Perros y gatos. Algún lobo envalentonado por el hambre. Fueron perdonados dos machos y dos hembras de cada especie para que repoblaran el maltrecho hatajo. Hubo quien aseguró que se sacrificaron a expósitos y desahuciados. Pero el esfuerzo de todo el pueblo fue recompensado y los primeros rayos de sol del solsticio de verano alumbraron la roja poza y a decenas de aldeanos sumergirse en su esencia, espesa y gratificante, un nuevo año.

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