Era una criatura maravillosa. Había tardado siglos en volver, pero ahora que ya estaba aquí, iba regalando prodigios por toda la ciudad. En su manera lánguida de posarse en los lugares, uno podía intuir vestigios de todos sus vuelos, algo que lo hacía ligero y actual. Pero la forma en la que se espesaba el tiempo a cada uno de sus pasos, nos hacía sospechar que rastrillaba siglos con sus pezuñas. No era muy temible porque nada había retoñado de sus encías ni el skyline de su lomo era una cordillera de amenazas. Ni siquiera era verde o marrón. Y su piel era lisa como la de un bebé. Nada sugería, ni remotamente, la posibilidad de escamas. Su vida en las aceras no era del todo desagradable, pero la sequedad con la que el asfalto resonaba en sus entrañas lo enloquecía a ratos. Y la vida a la sombra de los enormes edificios no siempre olía bien. Echaba de menos las cosas más tontas como notar que el barro se hundía bajo sus patas o que su aliento se mezclara con el perfume de las magnolias en la siesta. Anhelaba la novedad que se podía apresar en cada segundo, la certeza de que todo estaba aún por hacer. Sin embargo, no había llegado hasta hoy por casualidad ni había subsistido por un azar de la evolución. Estaba aquí porque nadie como él sabía de lo gravoso y de lo liviano. De lo que prende o de lo que vuela. De cómo podemos elegir volar por pesada que sintamos nuestra experiencia o, de lo contrario, quedarnos para sostener los barrotes de una realidad enraizada en la tierra cuando todos somos, lo sepamos o no, seres alados.

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