Me escondo cuando se para junto a la ventana abierta y se atarea en la cocina. Recibo arrobado el aroma a lavanda del patio que se mezcla con el suyo propio a mantequilla, a jabón, a pan caliente. Estira las sábanas junto a la cama y parece un pájaro enorme batiendo alas blancas, yo también vuelo. Discurre por los caminos de la casa como bailando, y yo bailo con ella. Soy su sombra torpe y bobalicona que remeda el paso y que la vigila como si viera una película. De cuando en cuando, se gira insospechadamente, me observa con asombro fingido, arruga la nariz, me paralizo o me escondo, ella da la vuelta, se aleja con una sonrisa que no puede disimular, respiro profundo y la vuelvo a buscar. Así transcurren las horas felices. De noche, llegará el ruido torpe de unas llaves rascando la cerradura, el portazo, los pasos descabalados que taconean el pasillo, el ruido grosero de las persianas al bajarse. Ya empiezo a cerrar los ojos.

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