No tenía mucho tiempo y me dolían las rodillas, pero aun así quería hablar con Dios. Había cosas que quería pedirle. Respiré profundamente después de la oración y, antes de acabar la exhalación, una voz que no era la mía empezó a resonar en mi cabeza. Lo que escuchaba en mí era elegante y reposado, un flujo de palabras que se aposentaba mansamente en el polo opuesto a aquella manera mía de desear siempre tan apresurada y arrogante. Nadie podría haber desatendido la plegaria que aquel hombre pronunciaba desde la comodidad de la quietud, desde el milagro de la aceptación. Todo aquello que escuchaba coincidía exactamente con lo que yo habría deseado si fuera la persona que siempre he querido ser. Tuve un breve instante de duda, pero me pudo mi alma antojadiza. Salí corriendo con el rezo de aquel hombre. Me llevé todos sus deseos, todo lo que guardaba en sí, para hacerlo mío en cualquier otra iglesia. A cambio, le dejé todo lo que yo no tenía, lo que no valía, lo que me molestaba y  lo que nunca me haría feliz. Él tenía una buena espalda, podría con eso.

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