Ahora decrecen. Son grandes cuando empiezan, son adultos, y algunos son maduros y otros no. Pero todos son bellos hasta que entran en el escaparate. Una vez allí, el deseo de mostrarse acaba con todo. Al principio lo hacen con cierta vergüenza, pero a medida que más gente se para a admirarlos, van alimentando esa inconfesable adicción a la visibilidad. Se sienten especiales. Exponerse les hace sentir que lo son. Y como siempre hay alguien que los mira, creen que son importantes. Al principio la vanidad es solo debida a su aspecto físico, pero después de un tiempo de permeabilidad a la admiración ajena, empiezan a creer que saben más cosas de las que en realidad saben y que eso también deberían mostrarlo. Y que quizás importe lo que pase en sus vidas, los viajes que hacen, las películas que han visto. Incluso llegan a pensar que a los demás les importan sus opiniones. Y las dan sin que nadie se las pida. Y por un momento, se sienten felices si los demás piensan que lo son, si alaban y hacen mayores sus pequeñas vidas. Todo lo que hacen suele gustar a alguien, a veces a mucha gente. Y ellos lo saben. Pero cada reacción, cada comentario los va menguando. Podrían haber acabado como maniquíes de pasarela, siempre singulares y únicos, perfectos en su irrumpir de huesos, pero han acabado alineados en un coro blando y estático, sin voz propia. Mezquinos. Grotescos.

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