El dinosaurio se despertó. Con sus ojos milenarios observó todo a su alrededor. Sintió el rugido del hambre en su estómago, la sequedad del desierto en la garganta. Y lo recordó todo. Se fue levantando muy poco a poco para no marearse otra vez. Cuando estuvo completamente incorporado, se alejó del charco en el que, muchos siglos atrás, se había caído al beber agua. Maldita hipotensión.

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