Todos sabíamos que algún día llegarían. Vendrían desde Asia, desde África, desde nuestro propio continente. Sabíamos que su poder era magnífico y que en su avance convertirían los océanos en barrizales. Sabíamos que el frío iba a quedar relegado a las noches y que durante el día el calor sería casi insoportable. Sabíamos que todas las lluvias pertenecerían al pasado y que el futuro tendría el lomo abultado de una duna. Lo que no sabíamos era que su voracidad era vertical y que se alimentaban de todas las líneas rectas que ya nunca más veríamos.

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