En una ciudad llena de edificios que rozaban el cielo, las iglesias ya no tenían sentido. Los sacerdotes tampoco. Pero la gente seguía necesitando una guía y por eso la religión no desapareció. Cambió de nombre y de lugar. Ahora vivía en una verticalidad. En esa verticalidad se podían escuchar durante todo el día historias de señores antiguos que hacían cosas buenas o malas y que eran compensados o castigados por ello. En la parte media de la estructura vertical había unas esferas que se iluminaban en cada ocasión según lo que estaba permitido hacer o no. El código era muy estricto y conocido por todos. Había unos carteles que te dirigían al lugar de tu castigo o de tu premio dependiendo de tus acciones. Y había unos focos que te iluminaban para hacerte sentir en comunión con la parte superior de la verticalidad. En la parte más baja, a la altura de los humanos, había unas pantallas que leían todo lo que había en los ojos de la gente. Una mano de nadie les daba, si la merecían, la bendición. Solo entonces podían seguir su camino.

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