Fue a partir de la primera semana que la situación se volvió peliaguda. Las magdalenas, los sandwiches de pollo, las patatas fritas y los termos de café que pudimos rescatar, duraron unos días. La ventisca y el aire gélido formaban una pared intolerable que apenas nos permitía salir unos metros para buscar alimentos. De las siete personas que viajábamos en la avioneta, sólo dos, el piloto y el bebé, habían muerto en el impacto, el espesor de la nieve actuó de colchón e impidió que todos nos fuéramos al otro barrio. Sus cadáveres congelados montaban guardia a la entrada del refugio. El piloto, con la cabeza chafada como una sandía, el pequeño, asombrosamente intacto. Daba cosa verlo con los ojitos abiertos y escarchados, mirando como si nos gastara una broma. Eso fue, sin duda, el motivo de que la madre perdiera la razón. Estaba convencida de que el mocoso aún seguía con vida y no paraba de chillar para que le dejáramos recogerlo y acunarlo dentro del refugio; eso era inaceptable, pues se hubiera descompuesto en cuestión de horas y hubiera sido imposible comérselo. Después de deliberar, habíamos tomado la decisión de zamparnos los cadáveres. La madre iría en el lote. Había que aguantar hasta que acabara el invierno y los riscos se hicieran transitables.
Es difícil describir el significado que representa comer nuestra carne. No hablo, claro está, de su sabor abstracto y metálico pero ciertamente familiar, o del aroma indescifrable, alejado. Me refiero a las connotaciones amorales y estéticas, de la metáfora pomposa que te convierte en una especie de dios en zapatillas. El saberte propietario de una vida, degustar sus oprobios, saborear las infamias de sus actos, te eleva sobre el resto del personal. Ese acto ínclito marca tus cartas. Ya eres otro.
Desafortunadamente, este festín sublime no está bien visto por las autoridades, hay que andarse con ojo y saber elegir el momento adecuado para afilar cuchillos. No se trata de que a uno le cuelguen del pescuezo por glotonería a las primeras de cambio. Así que todos los años, cada 30 de diciembre desde que sufrimos aquel bendito accidente, los cuatro supervivientes nos juntamos en una casa que tengo en las afueras, y acompañados de vino, coñac y unas magdalenas, nos arrimamos al fuego y celebramos nuestra suerte como la ocasión lo merece.

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