El pato había hecho de todo para llegar al origen de sí mismo. Había reflexionado mucho acerca de dónde venía y de hacia dónde se dirigiría después, sobre su función y su trascendencia en este mundo, sobre todo lo que él, como pato, era. Había recorrido todos los confines de su ser tratando de encontrar su centro. No había nada que no hubiera probado y nada que hubiera dejado de hacer en la práctica tenaz de su labor. Se buscaba en cada inhalación, se recogía en cada exhalación, trataba de limpiar su mente para verse con mayor claridad. Se respiraba devotamente en cada asana, sentía cada átomo de su cuerpo en el mundo. Buscaba, denodadamente, su vínculo con esta tierra, la poderosa corriente que lo enraizaba en ella. Hasta que llegó un día en el que, en su empeño por amarrarse a sí mismo, llegó a olvidar que tenía alas. Y al final, por mucho que lo buscó, nunca llegó a encontrar su ombligo.

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