Ya no éramos jóvenes. Los otoños se habían amontonado hasta formar nuestra edad. El viento se llevaba las nubes y arrancaba el verano de los árboles. En las aceras ya no había espacio para las sombras. La esperanza era algo liviano, apenas el crepitar de las hojas secas bajo dos ruedas que, una vez más, empezaban a moverse.

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