En su noveno cumpleaños, su madre la abandonó en el convento. Sin más palabras, supo, por la forma en que la besó, que jamás la volvería a ver. Alcanzó la adolescencia como un pajarillo herido. Fantaseaba a diario con el deseo de que un muchacho se descolgara del arquitrabe de la ventana del claustro y la arrebatara de su universo inerte. El movimiento intransigente de las manecillas del reloj del campanario y el vuelo fugaz de algún vencejo, la emplazaban a un mundo de artificio. Otra vida era posible.
Así, soñaba con sacar la cabeza por la ventanilla del coche de su raptor, gritarle al sol algo sin sentido, sentir el azote del viento en la cara mientras su sombrero salía volando en arabescos diciéndole adiós. En hacer parada en los caminos para comer asado con las manos, pringarse de aceite los dedos, ensuciar con chorretones el vaso de vino y eructar satisfecha. En descalzarse en otoño y jugar con la arena fría de la playa que le alcanzaba los tobillos, dejarse resbalar entre las olas, sentir el mar desconocido sobre ella como un amante inexperto.
Sin embargo, el tiempo fue cruel. Los minutos de su encierro eran años allá fuera. La tierra giraba colmando a sus habitantes de lluvias y estíos, ofreciéndoles el regalo de la vida, pero no a ella. Cuando cumplió sesenta años supo que nada iba a ocurrir. Fue consciente del sarmiento de sus dedos, de su boca desprovista y de la ayuda del bastón al caminar. También de que ningún sombrero volaría, que su único ajuar gastado no se mancharía de tinto y que nunca sabría, a ciencia cierta, si el agua del mar era salada. También tomó conciencia de que hubiera preferido mil veces haber nacido dentro del convento, o ciega. Cada imagen que retenía anterior a que la encerrasen era un puñal o una broma.

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