A las doce del mediodía del Día de la Conformación vendría la sombra. Mirado desde el lugar donde estamos hoy, esto puede parecer algo rutinario, absolutamente esperable. Pero entonces fue algo determinante. Era de una importancia fundamental dónde se posaba la sombra exactamente, qué palabras abarcaba y qué letras en los extremos cogía por entero y cuáles eran las medias letras que habría que desechar. Lo que entrara dentro de la sombra se proyectaría en el muro de enfrente y conformaría una realidad en la oscuridad. Las palabras se leerían del revés y nada seguiría el orden establecido. Sería un mundo condenado a la penuria y a la falta. Sin embargo, las palabras y las letras que quedaran fuera de los límites de la sombra vivirían para siempre dentro de las normas, avaladas por la luz y por la claridad. Sería un mundo bendecido por la fortuna y la riqueza. En un universo de luces y de sombras, era complicada la existencia entre ambos mundos. Pero ese precisamente era el espacio donde habitábamos todos nosotros. Un mundo donde no había derecho ni revés, donde nada pertenecía a la mentira o a la verdad, a la riqueza o a la pobreza, a la luz o a la oscuridad. Un mundo alejado de límites o de normas. Ese mundo empezó a formarse a partir de medias palabras que habían quedado entre la luz y la sombra. Esas letras se despalabraban. Después, flotaban y se juntaban cada día de una manera. Y en cada ocasión daban lugar a un mundo distinto. El Día de la Conformación, Creador se sentía generoso y nos permitió existir. Llamó a nuestro mundo Ficción. Después, se echó a dormir.

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