¿Qué otra cosa podríamos haber hecho en la que se había convertido en la ciudad más inteligente del planeta? La gente había dejado de necesitarnos, pero nosotros teníamos que vivir. Esperábamos haciendo cola en las vías principales. Cada uno de nosotros tenía una placa con un código que combinaba números y letras. A medida que pasaba el día, íbamos recibiendo instrucciones por boca del agente encargado de nuestro rango de código. A los que tenían una T, se les pedían cosas simples como que aumentaran el tráfico en una determinada zona de la ciudad. Los que tenían el código AP eran los encargados de provocar pequeños accidentes en sitios clave en esa jornada. Los que tenían una R se ocupaban de hacer sonar el claxon repetidamente delante de la casa de alguien para desquiciarlo. O repartidos por puntos de la ciudad para provocar un determinado ambiente emocional en los ciudadanos. A veces, no pocas, debíamos ver sangre al hacer nuestro trabajo. Éramos los que teníamos una M en nuestro código. Cobrábamos más que los otros y no trabajábamos todos los días. Sin soltar las manos del volante, podíamos provocar crisis estatales. Internacionales incluso. Nos habíamos convertido en una parte esencial del gobierno de la ciudad, del país al fin y al cabo. Sin embargo, con nuestra simple existencia, con el hecho de que la gente nos viera por las calles, permitíamos que todo tuviera apariencia de normalidad. Pero lo cierto era que solo algún turista despistado nos pedía que lo lleváramos a un hotel o al aeropuerto. Y cuando eso pasaba, cuando algo tan sencillo pero tan extraordinario como eso pasaba, dábamos nuestro día por excelente y nos íbamos contentos a dormir.

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