Rufus H. Schönlein, reputado cirujano y sacamuelas, heredó de su madre la alta cuna, el verbo capaz, un arraigado sentido del honor y unas manos de prestidigitador que le valieron nombre y boato en la corte sajona. La rama paterna postergó la herencia en su afición al juego y a una disparatada querencia por el sufrimiento ajeno.
El reconocido doctor recibía clientes adinerados por las mañanas mientras que en las noches atendía a pordioseros entumecidos por los rigores del Elba. Ofrecía reparaciones altruistas para aquellos sin posibles, a los que sentaba en su torno y cinchaba cuidadosamente para que no escaparan. Desamparados, aterrados y aislados en las dependencias bajas de su mansión, los indigentes eran girados en la silla en una ruleta pavorosa, de modo que si acababan enfrentados a una de las tres paredes dominadas por grandes espejos, Rufus les rebanaba el pescuezo sin arrepentimiento. Observar cómo se les desorbitaban los ojos mientras se veían desangrar en cada reflejo le proporcionaba caudales de regocijo. El placer se multiplicaba en cada asesinato replicado por el mural. Pero si el asiento quedaba enfrentado a la puerta, les concedía un último deseo. Los más, sobrepasados por el miedo, pedían que los liberaran, asunto al que se entregaba el buen doctor después de seccionarles la yugular. Otros, esclavos de la codicia, pedían dinero. Rufus, que era hombre de palabra, les cubría de monedas mientras agonizaban.
Su último desmán lo ocupó un curtidor de pieles gangrenado por un corte en un brazo, al que recogió incapacitado junto al muelle de reparto con la herida infestada de gusanos. El moribundo quiso la suerte que evitara los espejos. En tan poca estima consideró la opción de salvarse, pues se sabía desamparado, que meditó unos segundos y en un asomo de lucidez ponderado por las altas fiebres, pidió para el doctor la misma suerte que para él mismo. Rufus, como hombre virtuoso, se comprendió cautivo del ofrecimiento. Tras degollar a su víctima, la desató y se sentó frente a los espejos. Un pensamiento a la deriva le sobrepasó en vuelo, “un buen jugador sabe retirarse a tiempo”. Ejerció su oficio con un tajo diestro.

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