Todas las mañanas la vida empezaba a emerger. Solo tenía que sentarme allí y esperar a que salieran cosas de aquellos huecos recubiertos de metal. Alrededor de las ocho empezaban a salir los olores: a café, a pan tostado, a gel de baño, a pasta de dientes, a desodorante, a loción para el afeitado. Los sonidos eran otras de las cosas que surgían de allí. El ruido de las alarmas del despertador: un eco horrible para los demás, una sinfonía para mí. Las charlas, no demasiadas a esas horas. Los niños que fingen estar enfermos para no ir al colegio, las agendas de la rutina. Las pequeñas discusiones domésticas por nada, porque alguien tiene sueño y mal humor cuando se levanta. Porque no se ve con ánimos. Porque pagaría por quedarse dando vueltas en un autobús con calefacción, solo viendo la ciudad pasar por la ventanilla. Las peleas ancladas a demasiadas mañanas (y tardes y noches). El crujir de un blíster: lo que duele, lo que angustia, lo que no funciona. Las verdades que defienden los espejos. Los lloros porque estoy gorda, porque no tengo qué ponerme, porque nadie me va a querer. El secador de pelo, el calor. Sonidos de besos, de muelles. Ronroneo que viene del sueño. El ruido del agua que cae de todas las formas domésticas posibles. El primer pensamiento puesto en una copa, en un cigarro, en la hierba, en ese polvo blanco que necesita de la velocidad. En ti. La resaca. El “hoy de verdad no puedo” de todos los días. Los silbidos de los afortunados. Los tarareos. Ruidos de tazas y de platos. Algunas canciones, no muchas. Los buenos deseos para el día, los besos en la puerta (los abrazos cuando casi todo está intacto), las miradas que siguen a alguien hasta que desaparece de la vista. Las sonrisas, benditas sean sobre todo por las mañanas. Podía pasar horas allí, sintiendo la vida de los otros que salía de las rejillas. Pero al final, antes o después, todos abandonaban sus casas e iban a lugares donde no querían, con gente que no querían, a hacer cosas que no les gustaban. Lejos de todo lo bueno o malo que dejaran bajo llave en aquellos edificios. Lejos de la gloria o del infierno que les pertenecía. Del limbo de todo lo que todavía no sabían. Podían percibir algún destello en la parada del autobús, en los pensamientos (cruciales) al agarrarse a la barra del vagón del metro. Y yo me quedaba allí, respirando durante algunas horas más, añorando con todo mi corazón la vida que otros tenían, algo de lo que yo también tuve alguna vez. Podía alimentar con cada uno de mis minutos (hasta la muerte) a aquellos agujeros metálicos. Yo les daba mi tiempo, ellos me daban vida. Al fin y al cabo, nada ni nadie me esperaba al otro lado del río.

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