Por mucho que os acerquéis al río, no podréis beberme. Yo ya no estoy allí. Si me queréis, tendréis que venir hasta aquí y observar, con miedo y esperanza, mi agonía. Yo sé lo que buscáis en mí, pero vosotros no tenéis cómo asir el viento que me hace tosco contra la tierra. Nunca vais a saber qué hacer con todo lo verde que se ha precipitado en mis sentidos ni con el recuerdo de toda la sangre que ha bendecido esta tierra. Decidme cómo vais a medir todas las distancias aceradas en mis pezuñas, toda la saliva que he dejado río abajo. Sé que envidiáis lo severo de la velocidad con la que corro y la firmeza con la que mi cuello lanza la mirada contra el horizonte. La esencia del agua que moja mi ingravidez. Quiero saber dónde vais a poner el sol que alfombra mi galope, todo el polvo que ha levantado la inquietud de mi celo. No podréis tolerar la sed que no se agota ni el ansia en cada batalla ni la vida que se hace fuerte en la victoria. Yo soy el dios que alguna vez soñasteis y anheláis todo lo que encierran las líneas que me dibujan contra el cielo de la llanura, lo sagrado del aire que remueven mis pasos. Todo aquello que, de ningún modo, vais a llevaros aunque hayáis venido a respirar mi último aliento.

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