Siempre la veía alejarse por el camino que llevaba a la colina. Cojeaba (sus muslos como siameses) y cada día andaba peor, pero había algo en aquella imperfección que la hacía muy atractiva para mí.  Todo lo que yo hacía durante el día no valía para nada si, al final, no podía mecerme en sus andares hasta que la perdía de vista. Después, todo se volvía esperar su vuelta. También me gustaba verla andar de frente aunque el encanto no era el mismo. Había algo que se perdía por encima de su cintura. Realmente no me importaba demasiado adónde se dirigía, aunque sabía que en lo alto de la colina solo había un sitio al que ir. Y yo me iba perdiendo a mí mismo en cada una de sus idas hasta que llegó un momento en el que su cojera se volvió angustiosa y, a partir de entonces, no pude mecerme sin sobresaltos. Un día, simplemente no regresó. Al día siguiente tampoco lo hizo, ni al otro. Y así pasaron varios días hasta que decidí seguir los pasos que ella había dado antes tantas veces. La busqué colina arriba. Divisé aquel lugar cuando me faltaban pocos metros para llegar. Visto de cerca, era realmente asombroso. En el pueblo decían que, si te metías dentro, se podía escuchar el mar. Yo nunca creí esa historia porque el mar era algo que estaba demasiado lejos de nuestra tierra. Aun así, la curiosidad me llevó a entrar. Y escuché el mar, claro que lo escuché. Y olí su salitre y su viento me despeinó. Y toqué aquellas paredes de tacto nacarado y, cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad, la vi. Agonizaba en el suelo rodeada de algas y de plumas sucias de gaviota. Boqueaba en busca de oxígeno cuando reparó en mí. Fue entonces cuando sus últimos coletazos rompieron la primera y última mirada que hubo entre nosotros.

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