La contaminación y el deterioro ambiental eran imparables. La masa de basura y desperdicios plásticos se amontonaba por toda la superficie terrestre. Abarrotaba ríos, mares y océanos. Una espesa bruma gris que impedía sintetizar la luz del sol dispuso las plantas al borde de la extinción. Sin ellas, la atmósfera se enrarecería y el resto de seres vivos seguirían sus pasos. Entonces se propuso sintetizar nuevas especies vegetales que consumieran mayor cantidad de dióxido de carbono y purificaran el aire. Crearon plantas acartonadas, de aspecto seroso, de las que brotaban oscuras flores que presagiaban un desastre ecológico implacable. Pronto se extendieron sin control y terminaron por transformar las praderas verdes en hoscos mantos negros. El proceso fotosintético natural se revolvió y acabaron consumiendo oxígeno en cantidades ingentes. El nuevo orden vegetal selló el destino de las pocas especies animales que sobrevivían.
En una apartada isla de Polinesia, parte de una población que llevaba centenares de años aislada y que obraba apegada a la naturaleza, experimentó una extraña mutación que les permitía respirar el aire viciado sin que les ocasionara merma o enfermedad. Aquel grupo olvidado, que había subsistido sin tecnología, que no conocía la electricidad o la máquina de vapor, abandonó los exiguos confines de su particular paraíso para abarcar la Tierra misma. Estos neohumanos devoraban residuos inorgánicos, consumían deshechos plásticos y eran capaces de procesar la uniforme y oscura masa vegetal que se había adueñado de cada rincón del planeta. La nueva especie se multiplicó irrefrenable. La comida no acababa nunca, montañas de desperdicios derivados del petróleo aguardaban a ser consumidos, no existía la responsabilidad ni el conflicto, y durante decenas de siglos camparon en este singular Edén como el humano primigenio.
Pero sin fábricas que exhalaran humo, vehículos que contaminaran, ni residuos fósiles que quemar, libre al fin de inmundicia y negras flores, el planeta acabó depurándose. Los montes se cubrieron de fronda y en los océanos nuevas especies reclamaban su sitio. El aire quedó nuevamente oxigenado, el cielo se volvió a sentir despejado, fresco y azul. En algún punto remoto, bajo las laderas de un volcán dormido, la última pareja de neohumanos dejó de respirar abrazados a una botella de plástico.

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