Al vapor le gusta la verticalidad porque lo que hace en la vida es subir. Hay restos de los días que son limpios. Se descomponen en restos aún más pequeños y, como no hay resistencia, se mezclan. La normalidad, lo cotidiano: indistinguibles unos momentos de otros. No se puede separar el café de esta tarde del de ayer, todos los besos en la puerta antes de salir. La desgana siempre idéntica a sí misma. Cuando las partículas de lo mismo ya son demasiadas, la rutina hace que aumente la presión. Entonces estas se elevan y desaparecen en grandes humaradas verticales. Lo extraordinario, no. Lo extraordinario no quiere mezclarse y por eso se pega a grandes trozos en mis reversos. No gusta de limpieza. Es alérgico al material que quiere llevarse lo que está por encima de la superficie de las cosas. Por eso, si intentas llegar hasta arriba para limpiarme, estornudaré. Y todo lo extraordinario saldrá por mi boca.

¿Te ha gustado? comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *