La primera vez que escuché la voz estaba colocado. Acabé tirado en el suelo de la ducha. Cuando me levanté, mi cabeza dolía como si la hubiera aplastado una grúa; encontré por todas partes restos sólidos de vómito y había perdido un diente. No recordaba nada del día anterior pero sí del tiempo que estuve allí arrojado. Atesoré el sabor dulce de la serenidad, una pureza interior que me había acunado, voz agradecida, uterina, como de madre, que no olía a nada. Tan sólo la melodía reconfortante de sus palabras y el convencimiento de que, mientras me susurraba, podía comprender muchas cosas.
La siguiente ocasión ocurrió después de cortar con Mariela. Me quedé dormido con la cuchilla en la mano. Al despertar, me llegó un eco de salmodia amable desde el fondo del desagüe que se iba diluyendo a medida que recobraba el sentido. En ese instante lo entendí, casi quise llorar. Mi único deseo era volver a cerrar los ojos y que me rescataran, huir del olor a orín y desinfectante que me atosigaba, de las responsabilidades, del tormento, de los ruidos de la existencia inútil y ahogada.
Desde entonces hago vida en el cuarto de baño. Casi no como. No salgo de casa. He adelgazado hasta asustarme cuando me miro en el espejo, como si yo mismo hubiera arropado mi pellejo como sudario. Pero me puedo ver en el lenguaje sabio y templado que emerge del subsuelo si cierro los ojos. Cuando duermo el caos cobra sentido, las cosas cuadran, el mundo se ordena. Algo se activa dentro de mí y puedo ser viajero, único dueño del trayecto, consciente de mi destino embrionario.
Cada vez me es más difícil recobrar el acto de vivir, pisar un suelo frío, abrir la ventana del baño, arrastrarme hasta la cocina y reclamar mi humanidad. Día tras día, me obligo a poner en hora el despertador que me arroja a la inmundicia y a la mentira. Despegar los párpados, incorporarme y beber un sorbo de agua son un acto heroico. No hay un segundo que no desee sumergirme en la embriaguez del letargo, donde me reconozco y toco la verdad. No hago más que desear que llegue el momento de recoger el poco valor que me queda para dejar de darle cuerda al reloj.

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