¿Alzar una pira con biblias y viejas revistas porno y prenderles fuego el 4 de julio? ¿comprarme un tigre y pasearlo por Manhattan? ¿follarme a Sarah Palin y colgar el vídeo en internet? ¿sacarme la chorra en la final de la Super Bowl y echar una meada desde la tribuna mientras Katy Perry canta The Star-Spangled Banner?
Vacío. Es el único sentimiento que identifico y soporto. El hombre es una miseria. La Humanidad misma, desde que emergió en su vanidad, una partícula de polvo en el vertedero del tiempo y el espacio. Yo, que he viajado a la Luna. He arrancado su superficie con mis manos, hollado con mis pies mundanos sus cicatrices milenarias. He escuchado la voz de las estrellas, y asimilado el desorden del Universo, y he llorado en él. Nada humano me es cercano. Y no hay forma de escapar. Una vez regresas, estás muerto. Heroína. Meditación. Sexo. Alucinógenos. Religión. Violencia. No hay sustitutos. Cuando has estado más cerca de dios que nadie en este mundo (y hablo del auténtico dios, la esencia misma, rechaza imitaciones, colega), le has mirado a los ojos y has comprendido, parar en un semáforo en rojo o regalarle la enésima corbata a tu padre en su cumpleaños se convierten en una broma insoportable. Y sin vida, no hay certezas.
Vacío. Soy una cáscara. Hay algo espeso dentro de mi cabeza que ya no rula. Daría hasta el último tendón de mi cuerpo por volar este planeta, hacerlo estallar en pedazos, meterle tal pepinazo que me lanzara de nuevo al espacio y acabara arrojándome contra la Luna, donde me sentaría a contemplar el desorden de piedras y fuego en que se habría convertido el que nunca fue mi hogar. Luego me tumbaría y esnifaría todo el polvo lunar que cupiera en mis pulmones.

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