Nunca he sido rápido en la interpretación de las realidades que he tenido ante mis ojos, normalmente los demás encontraban la explicación a todo antes que yo. Siempre voy dos o tres pensamientos por detrás que el resto de las personas. No es algo que me moleste demasiado, tengo mi ritmo personal para todo: cinco bocados por detrás, diez pasos, cinco kilómetros, un desayuno y una ducha por detrás, un par de páginas. No sigo bien los tiempos de las cosas y me cuesta entenderlas, eso es todo. Suelo perderme entre tanta información: todo se desordena y se mezcla en el aire, todo vuela. No veo claras las fronteras entre lo que se puede y lo que no se puede, entre lo obligatorio y lo que no es necesario, entre lo que provoca afecto y lo que solo causa dolor. Nunca he entendido el significado exacto de lo recomendable. Por eso, añoro en la realidad la experiencia de la caligrafía. En una hoja pautada todo está colocado en orden dentro de las líneas. Solo las letras altas pueden sobresalir. No se puede escribir una palabra dentro y otra fuera. El ritmo lo dicta el movimiento de mi mano y yo decido cómo es ese ritmo. Puedo pararme a pensar después de un punto, decidir la manera en la que junto o separo las cosas. Soy yo quien construye, párrafo a párrafo, el sentido de todo. Pero lo más importante es que puedo equivocarme. Puedo cometer el peor de los pecados, puedo odiar, matar, puedo no querer, puedo engañar, ser desleal, infiel, ser malo, no amar a los míos, puedo decir las palabras más terribles y tomar las peores decisiones. Puedo eliminar lo que duele, lo que provoca miedo o vergüenza y pasar a tinta lo que quiero conservar en el recuerdo. Y si me llegara el ánimo, podría tener pequeñas glosas casi definitivas de la realidad. Porque el final es solo un signo marcado a lápiz. E incluso eso lo puedo borrar.

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