Dios se había fugado porque quería crearlo todo de nuevo lejos de los templos y de la curia. La relación entre ellos no había terminado bien porque existía un instigador, alguien que había movido los hilos y las voluntades. También las divinas. Se trataba de un grande, sin duda. La mayoría de nosotros coincidíamos en nuestras sospechas y por eso decidimos acusarle. Le dijimos que teníamos pruebas de que había permanecido sentado mientras los demás estábamos en pie para rogar por la vuelta de Dios. Nos miró a los ojos compasivamente y con su sonrisa más dulce nos preguntó que cómo podíamos saber si fue el primero en sentarse o el último en levantarse. Poco después, él mismo empezó a predicar sobre un nuevo Dios y escribió los textos fundacionales de lo que ahora es nuestra religión. Tenía la clave para hacerlo: sabía en todo momento cuáles eran las preguntas adecuadas. Aunque hubiera renegado de la antigua religión, en ningún punto de su camino había olvidado lo que era la fe.

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