Recomendaciones para el correcto uso y abuso de la gastronomía literaria. 

La mezcla del ajo y de la frase hecha (mudo de asombro, calor sofocante…), son preámbulo de ecolalia pertinaz y de dispepsias pasajeras. Modérese.
El exceso de lumbre falsea el concepto que se quiere transmitir, que si es esencial en el relato, debe presentarse poco hecho.
Las especias deben administrarse con tiento cuando el producto es de primera calidad. Cuántas veces la adjetivación banal y previsible se ha llevado por delante una merluza.
Se desestima, se prohíbe, se destierra, la intromisión de frases en idiomas ajenos al original sólo para vanagloria del autor del escrito como chef de mundo. “Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers…” en unos callos a la madrileña. Horripilante.
Se aconseja ser comedido, siempre que no añada nada sustancioso, en la cantidad de texto que se sirve al comensal. Centenares de páginas no es sinónimo de una cocina venerable. Un libro a rebosar engaña al estómago embrutecido, pero el lector refinado se puede hartar y dejar la comida a medio leer.
Evítese el pleonasmo, firma del cocinero menesteroso y sin dotes. ¿Quién es el pesado que le añade almíbar y nata montada a un verso de Bécquer?
Y un consejo final, la buena cocina es preferible leerla en compañía y con una copa de vino de la generación del 27.

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