El edificio tenía dos salidas: a derecha y a izquierda. Las tres plantas superiores las ocupaba el hospital donde se nos hacía el tratamiento. En las dos plantas subterráneas estaban las cápsulas. Cuando salíamos, nos daban un abrigo, ya fuera invierno o verano. Nos decían que era importante estar abrigado durante las primeras horas, incluso durante los primeros días. Para ir aclimatándonos poco a poco a la vida fuera de las cápsulas. Algunos de nosotros no queríamos salir; otros, no soportaban estar allí ni un segundo más. No sabíamos dónde estaban los nuestros, si nos reconocerían o si les llegaría la memoria hasta nosotros. No esperábamos que los sitios en los que vivimos siguieran en pie. Por eso, nos juntábamos entre nosotros y empezábamos de nuevo. A veces incluso formábamos nuevas familias. Solo unos pocos querían encontrar lo que algún día dejaron. Habrían tenido una vida feliz. Cada uno fue elegido por un motivo concreto que no nos sería revelado. Las apariencias habían dejado de significar algo: aquel con aspecto desvalido y huidizo quizás fue el presidente de un país importante o un escritor singular o un científico que había hecho grandes descubrimientos. Alguien que tuvo una inteligencia superior o unas cualidades físicas destacadas. Ahora no sabíamos quiénes éramos. Solo teníamos un abrigo y un poco más de vida para pagar el precio de esta nueva oportunidad.

¿Te ha gustado? comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *