A veces me llamo, pero cuando me nombro no respondo.

Están los días atareados, nítidos de fervor de lluvia picante,
de transeuntes acalambrados, de ropa tendida en los balcones,
de niños escurridizos que no quieren ir al colegio,
de colas en panaderías y ofertas en productos de limpieza,
de taxistas que paran sin saber que sólo espero, maravillado,
el tránsito del mundo.

Luego, las otras noches, cubiertas de lodo y silencios que presagian.
Sofás como tiendas de campaña,
televisores encendidos, mascotas inmóviles.
Mañana está en otra esquina y ayer no sirve.
El pensamiento como materia infecunda,
un río denso y vulgar que no arrastra.
Es la flecha del tiempo que se detiene.

A veces, nunca ocurre.

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