Se necesitarían mil vidas para conocer la Ciudad Inventada pues a cada momento se transforman sus límites. Estira, crece o mengüa según el capricho del autor, casi parece viva. Pero si solo dispusiéramos de unas horas recomiendo circunvalar por la autopista de Llosa, los conductores la recorren a su antojo ya que no hay carriles delimitados y los autos circulan paralelos o cruzándose de un lado a otro, según les baile. Milagrosamente, nunca se han registrado accidentes. Accederemos a la Avenida de Julio Cortázar, da igual el número, pues podemos entrar por el 27 y aparecer en el 16. O en el 53. Se intercambian continuamente. Evitemos salir por el 13, la vía de Albert Camus es un callejón sin salida. Mi consejo es abandonarla por el Barrio de Monterroso, una zona residencial repleta de pequeñas casitas unipersonales y aparcamientos mínimos donde apenas cabe un utilitario. Girando a la derecha llegaremos al Paseo Kafka con sus decenas de calles a medio hacer. Apenas parece que los obreros van a rematar una de sus vías, la abandonan y empiezan otra. Cuando les preguntan por qué actúan así, ninguno sabe qué hace allí. Tras alcanzar la Travesía de Salinger, flanqueada de plataneros, llegaremos al Parque de Jorge Luis Borges, una alameda inmemorial rodeada de extensos jardines de la que es más fácil entrar que salir. En su mitad se esconde la Cuesta de Joyce, un camino recoleto tan empinado y arduo que pocos son los que lo culminan sin caer en el desmayo o desistir en el empeño. Pero el esfuerzo tiene su recompensa. Al cabo, aparece un promontorio que vigila la ciudad entera. Allí, sentados en el banco de Neruda, podremos asombrarnos con un atardecer tan hermoso que no se puede describir con palabras.

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