Mi estómago la presentía cada vez que sonaba la puerta. Tenía todas las cuchillas relucientes y la espuma ligeramente perfumada que prefería. Le reservaba las toallas más suaves, las que lavaba en casa con el mejor suavizante del mercado. Procuraba que no hubiera ni un pelo en el suelo y que los sillones estuvieran lustrados como piel de zapatos nuevos. Lo tenía dispuesto para que cuando llegara todo relumbrase en su día como ilumina el cielo la alegría de los fuegos artificiales. Pero no venía todas las semanas, a veces ni siquiera una vez al mes. Cuando la impaciencia empezaba a dolerme, con las propinas pagaba lo que costaba la entrada para verla en el circo.

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