Siempre había colada que hacer: lavábamos las banderas y se secaban al sol. Algunas estaban muy sucias y había que restregarlas bien. Había que sacarles el polvo, las manchas del tiempo. A veces no nos quedaba suficiente jabón. Casi nunca teníamos suavizante. No quedaban limpias del todo, pero al menos ondeaban al aire y alguien podía verlas y saber, quizás, lo que nos estaba pasando dentro. El procedimiento no variaba mucho. Un día aparecían por casa. Las veíamos. Decidíamos registrarlas o ignorarlas. Pero ellas seguían ahí, cogiendo restos de los minutos y manchándose de nuestra vida. Cuando por fin las reconocíamos y aceptábamos su existencia, estaban tan sucias que resultaban inservibles. Y las lavábamos entonces. La de la ira se manchaba a cada momento, había que frotarla con fuerza y estrujarla mucho para escurrirla bien y que no fuera chorreando por ahí. La del miedo era más difícil. Se manchaba muy poco a poco, de manera casi imperceptible. Las manchas del miedo eran las más difíciles de quitar porque se agarraban muy fuerte a los tejidos. La de la alegría era la que más variedad de manchas tenía, eran de muchos tamaños, colores y formas diferentes. Y lucían muy bien, tanto, que daba pena quitarlas. Las de la tristeza eran manchas de recorrido, se extendían por los nudos de la tela y al final la bandera era una gran superficie maculada. A veces en la colada desteñían las banderas y eso daba lugar a otras banderas diferentes. La de la sorpresa era la que mejor ondeaba. La de la vergüenza se enrollaba sobre sí misma a poco que hubiera algo de viento. La del asco era imposible de lavar. La bandera del amor era la que todos querían airear. Pocos sabían que, una vez que se manchaba, por mucho que la mancha desapareciera con el jabón, su rastro quedaba para siempre. Era abrasivo: mordía los hilos, cariaba la tela. Muchas veces, al escurrir la bandera del amor, si apretabas fuerte, te quedabas con una mitad de ella en cada mano.

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