Nos refugiábamos del tercer bombardeo en lo que iba de semana cuando el proyectil abatió el sótano de nuestra casa en Sour. Alcanzó de lleno el edificio y el suelo cayó sobre nuestras cabezas. Mis padres murieron. A Monna, mi hermana mayor, se le amputaron ambos brazos al intentar protegernos del desastre. Nizrah, la superior a mí en edad y compañera de juegos, no es capaz de oler otra cosa que la carne quemada y le repugna cualquier alimento. Okab, la mediana, se arrancó la lengua de un mordisco en la explosión con un burdo acto reflejo. La pequeña Hajróe perdió la audición, tal fue la violencia del estallido. Todavía, años después, cualquier reunión familiar es un coro de lamentos. Quejas y letanías inacabables, sus desgracias prenden el fuego del universo. Pero me cambiaría por cada una de ellas si tan sólo pudiera ver por un instante al hombre que acaricia mis cicatrices, el que aspira mi desdén y bebe mis lágrimas, el que me endereza con sus palabras en todos los días más oscuros.

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