Una vez que llegaban allí arriba, miraban todo a su alrededor, me emulaban. Pensaban que veían más, que veían mejor, que lo dominaban todo con sus ojos. Creían que la brisa existía para ungir sus cuerpos, que el aire trenzaba los laureles que coronarían sus cabezas. Se sentían poderosos y bellos. Invulnerables. Y tanto se acostumbraron a mirar hacia abajo que, cuando tuvieron que bajar, se olvidaron de lo que era alzar la vista.

¿Te ha gustado? comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *