Éramos felices con nuestra manera de amarnos. No importaba lo feos que fueran los escenarios, ni los problemas cotidianos, ni lo poco o lo mucho que hubiera en nuestras carteras. No importaba si hoy te amábamos a ti y mañana no. Pero hoy te amábamos. Te amábamos porque tu oreja tenía un bonito color en la parte superior, porque habías sonreído en el momento necesario o porque los cordones de tus zapatos eran lombrices que amaban el suelo. También porque tu casa olía a canela o porque tarareabas la canción que teníamos en nuestra cabeza. Porque tenías un pájaro verde o un pez azul. Y unas gafas con los cristales siempre sucios. Te amábamos porque te sentaba bien el rojo. Y después no. Y era un viaje de ida el sexo contigo. Y con otro de vuelta. Pero hoy contigo, hoy a ti. Porque tú habías encontrado la palabra que andábamos buscando. Y hoy te amábamos por eso. Y porque siempre, aunque no lo supieras, necesitabas un abrazo. Y nosotros también. Te amábamos, además, porque no eras nosotros. Y porque ni tú, ni tu sexo ni tu amor sería nunca nuestro. El amor era de papel y nosotros éramos del material del amor. Estábamos hechos de él. Un día, el Poder también quiso hacerse de papel, pero no pudo. Antes de fosilizarse en su rabia, nos tentó con el fuego de la pasión, con el chirriante placer de la posesión. Nos habló del amor sin medida a lo que nos pertenece. Quisimos saber de todo eso y nos quemamos. Para renacer de nuestras cenizas, tuvimos que hacer juramentos ante los altares del amor humano. Y empezamos a creer que nos amábamos los unos a los otros y que nos amábamos de uno en uno. Como iguales. Y para siempre.

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