Conservación

Mi abuelo pensaba que es bueno aprender a echar pulsos,
uno nunca sabrá en qué rincón puede acabar, borracho.
O humillado. O vivo.

Que el puchero sólo alimenta
si está sazonado con el sabor del sudor y la disputa.
Sangre, dolor, entraña,
son los ojos implorantes del sabio ciego
que los arrancó y echó al bolsillo.

Que la mugre de las uñas no se quita con el amor.
Las manos que acarician son aquellas que quiebran.
Las bocas que besan,
las mismas que encharcan los patíbulos.

Que las mujeres que ronronean, agradecidas e implorantes,
son el remanso de un dios enérgico,
hijas de un viento cambiante y rabioso
que enfurece a las bestias.
Hasta el peor de los lobos se somete al vientre de la luz,
el hálito primitivo que susurra el instinto.

Que la luna no se recuesta para volver a levantarse por nada,
su precio se paga en la carne y en la ambición de los amantes.
Los caminos que alumbra, se recorren solos.
Nos concede el privilegio de perdernos en su polvo,
y retroceder hasta encontrar la huella.
Acostarnos en la sombra escueta del olivo,
ver en ella el esqueleto del hombre.

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