Nos costó encontrar la información pero, después de algún tiempo, supimos que se llamaban estatuas. Ese era su nombre genérico. En el Espacio Sabio vimos que, hacía muchos años, eran unas obras de escultura (ignorábamos lo que esta palabra significaba) y que, como todo entonces, estaban sujetas a la tierra. Eran labradas a imitación del natural (¿natural?) y tenían un valor ornamental o conmemorativo. También leímos que las esculturas que tenían alas se llamaban ángeles. Nada de eso tiene valor hoy. Ahora estas criaturas han tenido que aprender a moverse y a pensar. A reaccionar. A formarse y a recibir una breve instrucción militar. Son vitales para todos nosotros. Son los Guardas de los Pájaros, los que velan por ellos y cuidan de que nada les pase en el Cielo. Pueden detener las nubes o hacerlas pasar entre sus dedos. Pueden formar nuevos cúmulos o exprimirlos para que empiece a llover. Dirigen los rayos y los truenos. Manejan toda la superficie celeste para favorecer los movimientos de los Pájaros, esas criaturas veneradas. Ellos sostienen nuestro mundo de hoy. Es la única especie animal que sobrevive en este planeta que ahora se llama Cielo porque el cielo es fértil y todas las cosas nacen y se anclan a él. Abajo, muy abajo, en lo que antes se llamaba Tierra, dicen que vive el Creador: un Guarda díscolo y desobediente que suele gustar del fuego, del color rojo y de la caída libre.

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