Borroso vive de las milésimas de segundo que Claro le va dejando en su galope. Se alimenta de ellas. Claro recibe la luz y esta lo dibuja en cada línea. Cuando la luz quiere llegar a Borroso,  llega a partir de los restos que la figura de Claro ha definido, llega apenas en un hilo y este es el que une de una manera extraña los puntos que lo contienen. La luz ayuda a Claro a mostrar sus virtudes y defectos, a ser de verdad quien es. Borroso desconoce quién es exactamente, por eso, permanece resguardado a la sombra de Claro. Suyo es el territorio en ausencia de la luz y puede ser todo lo que quiera desde allí puesto que nunca está definido. Lo único que necesita es ser visto desde otro ángulo. El coraje de una mirada diferente. Una mirada que le dé a luz. Entonces será él quien resulte bendecido por la nitidez. Y será su cabeza la que, por unas milésimas, consiga romper el aire que se encuentra al otro lado de la línea de llegada.

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