Javier Gómez

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Me crié como cualquier chico de barrio, pegándole patadas al balón, jugando a las chapas, dibujando, leyendo comics o, asunto menos común, construyendo maquetas de aviones que imaginaba volando en barrena por el salón. En aquella infancia de niño obediente y bastante introvertido, me transportaba a cuando fuera “mayor” y me veía como ingeniero aeronáutico, casado y con tres hijos. Tanta formalidad asusta, otro ladrillo en el muro. Pero hay sucesos en la vida de cada cual que tocan algún cable pelado, pequeñas revelaciones que empujan algo ignoto en la mente del hombre sensible.

La primera vez que noté algo así fue cuando, con diez años, fui al cine del barrio a ver La guerra de las galaxias. Juro que estuve una semana disparando rayos láser. Aquella experiencia casi mística para un chaval con los pies a medio metro del suelo me enseñó que el arte, en este caso el cine, puede mostrar realidades alternativas, tan tangibles y reales como las que nos encontramos diariamente al levantarnos a desayunar, pero mucho más poderosas.

Otra experiencia similar se remonta, siendo aún más pequeño, a un seis de enero en el que mis padres (spoiler navideño) me compraron un tocadiscos y algunos vinilos, entre ellos, uno de Earth, Wind and Fire. Aquella música me batió por dentro como una veleta en temporal. No supe por qué, pero desde aquel instante desarrollé un impulso casi enfermizo por desentrañar los mecanismos que hacen que una canción suene. Esa ansia escrutadora no me abandonó nunca y ha sido tan elocuente que acabé aprendiendo a tocar un instrumento y a dedicarle todas las horas que me han sido posible. Siempre me abrazó el convencimiento de que si no pudiera hacer música no sería feliz. Esto me llevó a entender que la felicidad misma está dentro de cada uno y que nosotros tenemos la autoridad de marcar sus lindes.

La última de estas revelaciones fue la literaria y el culpable, Stevenson. La noche en que La isla del tesoro cayó en mis manos, lo leí del tirón, lo devoré y lo bebí, y entonces supe que los libros no me iban a abandonar jamás. Ahí estaba todo. El mundo se reducía a unas líneas impresas. Cada tomo sin empezar, un regalo sin abrir. Leo lo que sea y cuando sea. Si tuviera que salvar algo de un incendio, serían mis libros y mi gato. Y aquí me encuentro, escribiendo por primera vez en mi vida y con la certeza de que no será la última.

 

One thought on “Javier Gómez

  1. No he podido evitarlo, Javi, me he sentido identificado por lo menos en dos cosas….
    Efectivamente la primera película que vi en la gran pantalla fue la guerra de las galaxias…primera fila….aparece la nave imperial….y…magia, no estuve disparando rayos láser, pero desde entonces no dejo de mirar al cielo a ver si apareciera una….ja,ja,..
    Por supuesto la segunda, me enganché a la música primero con mi hermana, ( pianista clásica ), ella estudiaba todos los días después de clase, pero el remate fue cuando un gran amigo me enseñó a tocar la escalera al cielo…¡ por teléfono !,
    a partir de ahí ya conoces el resto…
    Cierto es que cuando tocas cualquier aspecto del arte, todos los demás te persiguen.
    Un abrazo.

    Juanjo.

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