textos de javier

FullSizeRenderSi enterráis el corcho de un buen vino, resultado de una mezcla conveniente de Tempranillo y Malbec, y el tiempo ha sido apacible, al cabo de veinte años el alcornoque llegará a su madurez. Ofrecerá bellotas que se emplearán como alimento de cerdos ibéricos de pura raza que, una vez cebados, son sacrificados para su consumo. Sus patas traseras, especialmente aquellas sobre las que el animal solía descansar, serán desecadas y curadas durante tres años. Al cabo, obtendremos jamones ibéricos cuya carne de color cereza picota arroja aromas de grosella ligeramente especiados. De lágrima lenta, su paso en boca es aterciopelado, de taninos golosos y con recuerdos a maderas nobles. Retrogusto con ligera nota a regaliz.


aceraEn Vine St., justo en el cruce con Franklyn Ave. y protegido bajo el alboroto de la autopista angelina, se encuentra el renombrado Paseo de la Fama de las Hormigas (Formicidae Walk of Fame). A este Hollywood Blv. en miniatura acuden todos los años decenas de miles de hormigas para retratarse junto al enlosado de su estrella favorita, acontecimiento que cobra proporciones colosales en los meses de invierno cuando el clima seco de Los Ángeles recluta hormigueros enteros que se alejan masivamente de las zonas tropicales más húmedas. Cuesta averiguar cómo cada ejemplar puede identificar la estrella de su hormiga favorita pues no hay rótulo que las nomine. Debido a que estos insectos se comunican a través de feromonas, cada baldosa es dueña de su propio olor. Si un humano desea conocer al propietario vicario representado en su estrella no le queda otro remedio que aguzar el olfato, colocar su nariz a ras de suelo y olisquear con pretensiones de sumiller, asunto poco recomendable, pues la policía local puede tomarte por un chiflado y encerrarte sin decir esta boca es mía en el Gateways Hospital Mental Health Center, de donde, os aseguro, es poco probable que salgáis algún día.


Poza b-n monocromoEl invierno fue difícil. La nieve adormecida, el frío con sus vientos punzantes, inacabables, arrojaron el presagio de bosques desarmados y silos vacíos. Arrastró penosamente a una primavera yerma, de broza y piedra, de animales desnutridos, carcasas fatigadas que buscaban en el cielo el milagro. Nunca, en sus más de dos siglos, el alcalde Quirón había soportado una penuria semejante. Apenas quedaron carneros para colmar de sangre el aljibe. Hubo que renunciar al resto de ganado. Bueyes, puercos, gallinas y asnos fueron pasados a cuchillo. Perros y gatos. Algún lobo envalentonado por el hambre. Fueron perdonados dos machos y dos hembras de cada especie para que repoblaran el maltrecho hatajo. Hubo quien aseguró que se sacrificaron a expósitos y deshauciados. Pero el esfuerzo de todo el pueblo fue recompensado y los primeros rayos de sol del solsticio de verano alumbraron la roja poza y a decenas de aldeanos sumergirse en su esencia, espesa y gratificante, un nuevo año.


VentanaMe escondo cuando se para junto a la ventana abierta y se atarea en la cocina. Recibo arrobado el aroma a lavanda del patio que se mezcla con el suyo propio a mantequilla, a jabón, a pan caliente. Estira las sábanas junto a la cama y parece un pájaro enorme batiendo alas blancas, yo también vuelo. Discurre por los caminos de la casa como bailando, y yo bailo con ella. Soy su sombra torpe y bobalicona que remeda el paso y que la vigila como si viera una película. De cuando en cuando, se gira insospechadamente, me observa con asombro fingido, arruga la nariz, me paralizo o me escondo, ella da la vuelta, se aleja con una sonrisa que no puede disimular, respiro profundo y la vuelvo a buscar. Así transcurren las horas felices. De noche, llegará el ruido torpe de unas llaves rascando la cerradura, el portazo, los pasos descabalados que taconean el pasillo, el ruido grosero de las persianas al bajarse. Ya empiezo a cerrar los ojos.


IMG_2528Todo estaba en orden. Los anillos medidos, el traje pulcro, la corbata anudada (nunca había usado una), más de doscientos invitados habían confirmado su asistencia, el banquete escogido a conciencia, mis padres colmados de orgullo. Desperté unos segundos antes de que sonara el despertador, de golpe. Me incorporé a medias y desorientado. Apenas rocé el suelo con los pies, un estremecimiento inclasificable me recorrió el espinazo. Miré a través de la pared y sentí un vértigo como de montaña rusa. Olor a plástico quemado. Fue algo instantáneo, ni siquiera puedo asegurar qué ocurrió. Me levanté frenético, eché el cerrojo, tiré del cable del teléfono, corté la luz y me acurruqué en la cama. Os juro que yo la quería. Hay días que es mejor no hacer planes.


img_2539Decretaron el ahorcamiento como pena de muerte porque aseguraron que de las poluciones y excreciones de los ajusticiados crecerían plantas y frutos vigorizantes que otorgaban esplendor al que los probaba. El pelo crecía recio, la piel se tonificaba y los dientes no caían. Se ajusticiaban en grupos para que la tierra fertilizara con más ímpetu.
Cuando los calabozos quedaron exentos, hubieron de inventar nuevos procedimientos purgatorios. Se penaron las faltas nimias. Un insulto a las fuerzas públicas, una borrachera mal traída, una meada contra la pared del consistorio eran motivo suficiente para abonar los campos. La ciudadanía estaba satisfecha. Lucían lozanos y más sanos que nunca.
Desaparecidos los elementos díscolos de la comunidad, la urbanidad estricta del resto de sus habitantes auguraba cosechas raquíticas. Entonces se sancionó la impuntualidad, la falta de decoro en el vestir, las voces intempestivas, el estornudar sin taparse la boca, las faltas de ortografía. Lentamente, una fronda voluptuosa, feraz, fue despoblando la ciudad y adueñándose de cada recodo. Las leyes consecuentes menguaron de vida pensante las calles en las que ya sólo se adivinaba el imperio del hombre en el trazado de su geometría y en el impulso de los edificios, tomados por fin, por la hiedra y la arbolada.
El último en caer fue el gobernador, impulsor de la exterminación, fallecido de muerte natural por lo que el lugar de su óbito fue respetado por la naturaleza invasiva, como la silueta de un cadáver en la escena del crimen.


img_2394La novedad es ser diferente. Las nuevas tecnologías son mi segunda piel. Retuerzo la moda cada vez que bajo de mi coche inglés y me paseo elástico hasta el brunch. Tengo un compromiso con la modernidad, que sin mí, no sería nada. Siempre estoy a la última, soy lo mejor, espejo agradecido de imitadores sin estima. Ayer, sin ir más lejos, me injerté una espumadera en la cara.


img-20140421-wa0031Fue a partir de la primera semana que la situación se volvió peliaguda. Las magdalenas, los sandwiches de pollo, las patatas fritas y los termos de café que pudimos rescatar, duraron unos días. La ventisca y el aire gélido formaban una pared intolerable que apenas nos permitía salir unos metros para buscar alimentos. De las siete personas que viajábamos en la avioneta, sólo dos, el piloto y el bebé, habían muerto en el impacto, el espesor de la nieve actuó de colchón e impidió que todos nos fuéramos al otro barrio. Sus cadáveres congelados montaban guardia a la entrada del refugio. El piloto, con la cabeza chafada como una sandía, el pequeño, asombrosamente intacto. Daba cosa verlo con los ojitos abiertos y escarchados, mirando como si nos gastara una broma. Eso fue, sin duda, el motivo de que la madre perdiera la razón. Estaba convencida de que el mocoso aún seguía con vida y no paraba de chillar para que le dejáramos recogerlo y acunarlo dentro del refugio; eso era inaceptable, pues se hubiera descompuesto en cuestión de horas y hubiera sido imposible comérselo. Después de deliberar, habíamos tomado la decisión de zamparnos los cadáveres. La madre iría en el lote. Había que aguantar hasta que acabara el invierno y los riscos se hicieran transitables.
Es difícil describir el significado que representa comer nuestra carne. No hablo, claro está, de su sabor abstracto y metálico pero ciertamente familiar, o del aroma indescifrable, alejado. Me refiero a las connotaciones amorales y estéticas, de la metáfora pomposa que te convierte en una especie de dios en zapatillas. El saberte propietario de una vida, degustar sus oprobios, saborear las infamias de sus actos, te eleva sobre el resto del personal. Ese acto ínclito marca tus cartas. Ya eres otro.
Desafortunadamente, este festín sublime no está bien visto por las autoridades, hay que andarse con ojo y saber elegir el momento adecuado para afilar cuchillos. No se trata de que a uno le cuelguen del pescuezo por glotonería a las primeras de cambio. Así que todos los años, cada 30 de diciembre desde que sufrimos aquel bendito accidente, los cuatro supervivientes nos juntamos en una casa que tengo en las afueras, y acompañados de vino, coñac y unas magdalenas, nos arrimamos al fuego y celebramos nuestra suerte como la ocasión lo merece.


img_2699En su noveno cumpleaños, su madre la abandonó en el convento. Sin más palabras, supo, por la forma en que la besó, que jamás la volvería a ver. Alcanzó la adolescencia como un pajarillo herido. Fantaseaba a diario con el deseo de que un muchacho se descolgara del arquitrabe de la ventana del claustro y la arrebatara de su universo inerte. El movimiento intransigente de las manecillas del reloj del campanario y el vuelo fugaz de algún vencejo, la emplazaban a un mundo de artificio. Otra vida era posible.
Así, soñaba con sacar la cabeza por la ventanilla del coche de su raptor, gritarle al sol algo sin sentido, sentir el azote del viento en la cara mientras su sombrero salía volando en arabescos diciéndole adiós. En hacer parada en los caminos para comer asado con las manos, pringarse de aceite los dedos, ensuciar con chorretones el vaso de vino y eructar satisfecha. En descalzarse en otoño y jugar con la arena fría de la playa que le alcanzaba los tobillos, dejarse resbalar entre las olas, sentir el mar desconocido sobre ella como un amante inexperto.
Sin embargo, el tiempo fue cruel. Los minutos de su encierro eran años allá fuera. La tierra giraba colmando a sus habitantes de lluvias y estíos, ofreciéndoles el regalo de la vida, pero no a ella. Cuando cumplió sesenta años supo que nada iba a ocurrir. Fue consciente del sarmiento de sus dedos, de su boca desprovista y de la ayuda del bastón al caminar. También de que ningún sombrero volaría, que su único ajuar gastado no se mancharía de tinto y que nunca sabría, a ciencia cierta, si el agua del mar era salada. También tomó conciencia de que hubiera preferido mil veces haber nacido dentro del convento, o ciega. Cada imagen que retenía anterior a que la encerrasen era un puñal o una broma.


img_2363Alguien diría que dentro de su cabeza algo está aún por hacer, que le estorban piezas. Lo cierto es que recibe la información depurada, los abrazos sentidos, los besos del domingo por la tarde, los “hoy tienes mejor cara, abuelo” y los rostros que, aunque confundidos, se recrean por un instante con nitidez antes de colarse por los huecos y desaparecer. Pero yo sé que todo se derrumba.


101_0417-okRufus H. Schönlein, reputado cirujano y sacamuelas, heredó de su madre la alta cuna, el verbo capaz, un arraigado sentido del honor y unas manos de prestidigitador que le valieron nombre y boato en la corte sajona. La rama paterna postergó la herencia en su afición al juego y a una disparatada querencia por el sufrimiento ajeno.
El reconocido doctor recibía clientes adinerados por las mañanas mientras que en las noches atendía a pordioseros entumecidos por los rigores del Elba. Ofrecía reparaciones altruistas para aquellos sin posibles, a los que sentaba en su torno y cinchaba cuidadosamente para que no escaparan. Desamparados, aterrados y aislados en las dependencias bajas de su mansión, los indigentes eran girados en la silla en una ruleta pavorosa, de modo que si acababan enfrentados a una de las tres paredes dominadas por grandes espejos, Rufus les rebanaba el pescuezo sin arrepentimiento. Observar cómo se les desorbitaban los ojos mientras se veían desangrar en cada reflejo le proporcionaba caudales de regocijo. El placer se multiplicaba en cada asesinato replicado por el mural. Pero si el asiento quedaba enfrentado a la puerta, les concedía un último deseo. Los más, sobrepasados por el miedo, pedían que los liberaran, asunto al que se entregaba el buen doctor después de seccionarles la yugular. Otros, esclavos de la codicia, pedían dinero. Rufus, que era hombre de palabra, les cubría de monedas mientras agonizaban.
Su último desmán lo ocupó un curtidor de pieles gangrenado por un corte en un brazo, al que recogió incapacitado junto al muelle de reparto con la herida infestada de gusanos. El moribundo quiso la suerte que evitara los espejos. En tan poca estima consideró la opción de salvarse, pues se sabía desamparado, que meditó unos segundos y en un asomo de lucidez ponderado por las altas fiebres, pidió para el doctor la misma suerte que para él mismo. Rufus, como hombre virtuoso, se comprendió cautivo del ofrecimiento. Tras degollar a su víctima, la desató y se sentó frente a los espejos. Un pensamiento a la deriva le sobrepasó en vuelo, “un buen jugador sabe retirarse a tiempo”. Ejerció su oficio con un tajo diestro.


img_2638La euphorbia canariensis desquiciata es una especie de fanerógama perteneciente a la familia de las euforbiáceas despropósitas, endémica de las Canariantes. Es de porte candelabriforme, con espinófas robustosas y curvizantes, tallajos cuadrambólicos prestizando floresticencias en su apecismo limbólico; somormuja en cambalarias, restipos y podencos. Su carnurosa foliácea resopila góperos o retilos. Se restiliza para condumiar morterones, arrobizar rocamarjes y, en ocasiones, acompañiza brescas y parciles gomeros. Alcanza las tres cuartas si se la deja respirar.


 Troncos cortados, lapiceros del tiempo.


La contaminación y el deterioro ambiental eran imparables. La masa de basura y desperdicios plásticos se amontonaba por toda la superficie terrestre. Abarrotaba ríos, mares y océanos. Una espesa bruma gris que impedía sintetizar la luz del sol dispuso las plantas al borde de la extinción. Sin ellas, la atmósfera se enrarecería y el resto de seres vivos seguirían sus pasos. Entonces se propuso sintetizar nuevas especies vegetales que consumieran mayor cantidad de dióxido de carbono y purificaran el aire. Crearon plantas acartonadas, de aspecto seroso, de las que brotaban oscuras flores que presagiaban un desastre ecológico implacable. Pronto se extendieron sin control y terminaron por transformar las praderas verdes en hoscos mantos negros. El proceso fotosintético natural se revolvió y acabaron consumiendo oxígeno en cantidades ingentes. El nuevo orden vegetal selló el destino de las pocas especies animales que sobrevivían.
En una apartada isla de Polinesia, parte de una población que llevaba centenares de años aislada y que obraba apegada a la naturaleza, experimentó una extraña mutación que les permitía respirar el aire viciado sin que les ocasionara merma o enfermedad. Aquel grupo olvidado, que había subsistido sin tecnología, que no conocía la electricidad o la máquina de vapor, abandonó los exiguos confines de su particular paraíso para abarcar la Tierra misma. Estos neohumanos devoraban residuos inorgánicos, consumían deshechos plásticos y eran capaces de procesar la uniforme y oscura masa vegetal que se había adueñado de cada rincón del planeta. La nueva especie se multiplicó irrefrenable. La comida no acababa nunca, montañas de desperdicios derivados del petróleo aguardaban a ser consumidos, no existía la responsabilidad ni el conflicto, y durante decenas de siglos camparon en este singular Edén como el humano primigenio.
Pero sin fábricas que exhalaran humo, vehículos que contaminaran, ni residuos fósiles que quemar, libre al fin de inmundicia y negras flores, el planeta acabó depurándose. Los montes se cubrieron de fronda y en los océanos nuevas especies reclamaban su sitio. El aire quedó nuevamente oxigenado, el cielo se volvió a sentir despejado, fresco y azul. En algún punto remoto, bajo las laderas de un volcán dormido, la última pareja de neohumanos dejó de respirar abrazados a una botella de plástico.


 La primera vez que escuché la voz estaba colocado. Acabé tirado en el suelo de la ducha. Cuando me levanté, mi cabeza dolía como si la hubiera aplastado una grúa; encontré por todas partes restos sólidos de vómito y había perdido un diente. No recordaba nada del día anterior pero sí del tiempo que estuve allí arrojado. Atesoré el sabor dulce de la serenidad, una pureza interior que me había acunado, voz agradecida, uterina, como de madre, que no olía a nada. Tan sólo la melodía reconfortante de sus palabras y el convencimiento de que, mientras me susurraba, podía comprender muchas cosas.
La siguiente ocasión ocurrió después de cortar con Mariela. Me quedé dormido con la cuchilla en la mano. Al despertar, me llegó un eco de salmodia amable desde el fondo del desagüe que se iba diluyendo a medida que recobraba el sentido. En ese instante lo entendí, casi quise llorar. Mi único deseo era volver a cerrar los ojos y que me rescataran, huir del olor a orín y desinfectante que me atosigaba, de las responsabilidades, del tormento, de los ruidos de la existencia inútil y ahogada.
Desde entonces hago vida en el cuarto de baño. Casi no como. No salgo de casa. He adelgazado hasta asustarme cuando me miro en el espejo, como si yo mismo hubiera arropado mi pellejo como sudario. Pero me reconozco en el lenguaje sabio y templado que emerge del subsuelo si cierro los ojos. Cuando duermo el caos cobra sentido, las cosas cuadran, el mundo se ordena. Algo se activa dentro de mí y puedo ser viajero, único dueño del trayecto, consciente de mi destino embrionario.
Cada vez me es más difícil recobrar el acto de vivir, pisar un suelo frío, abrir la ventana del baño, arrastrarme hasta la cocina y reclamar mi humanidad. Día tras día, me obligo a poner en hora el despertador que me arroja a la inmundicia y a la mentira. Despegar los párpados, incorporarme y beber un sorbo de agua son un acto heroico. No hay un segundo que no desee sumergirme en la embriaguez del letargo, donde me reconozco y toco la verdad. No hago más que desear que llegue el momento de recoger el poco valor que me queda para dejar de darle cuerda al reloj.


Cuando se trata de exprimir el tiempo hay que saber hacerlo adecuadamente. Se desaconseja emplear las 11:11, hora raquítica, desprovista y sin sustancia que no permitirá ni un pestañeo. Si por el contrario elegimos las 08:08, tendremos tiempo de realizar las mayores proezas: repoblar de armadillos la Sierra de Cazorla, deconstruir una basílica ortodoxa o cazar mariposas en una selva tropical con las manos en la espalda. En un exceso de ambición los hay que eligieron las 00:00 sin percatarse de su inexistencia paradójica. Nunca más se supo de ellos.


¿Alzar una pira con biblias y viejas revistas porno y prenderles fuego el 4 de julio? ¿comprarme un tigre y pasearlo por Manhattan? ¿follarme a Sarah Palin y colgar el vídeo en internet? ¿sacarme la chorra en la final de la Super Bowl y echar una meada desde la tribuna mientras Katy Perry canta The Star-Spangled Banner?
Vacío. Es el único sentimiento que identifico y soporto. El hombre es una miseria. La Humanidad misma, desde que emergió en su vanidad, una partícula de polvo en el vertedero del tiempo y el espacio. Yo, que he viajado a la Luna. He arrancado su superficie con mis manos, hollado con mis pies mundanos sus cicatrices milenarias. He escuchado la voz de las estrellas, y asimilado el desorden del Universo, y he llorado en él. Nada humano me es cercano. Y no hay forma de escapar. Una vez regresas, estás muerto. Heroína. Meditación. Sexo. Alucinógenos. Religión. Violencia. No hay sustitutos. Cuando has estado más cerca de dios que nadie en este mundo (y hablo del auténtico dios, la esencia misma, rechaza imitaciones, colega), le has mirado a los ojos y has comprendido, parar en un semáforo en rojo o regalarle la enésima corbata a tu padre en su cumpleaños se convierten en una broma insoportable. Y sin vida, no hay certezas.
Vacío. Soy una cáscara. Hay algo espeso dentro de mi cabeza que ya no rula. Daría hasta el último tendón de mi cuerpo por volar este planeta, hacerlo estallar en pedazos, meterle tal pepinazo que me lanzara de nuevo al espacio y acabara arrojándome contra la Luna, donde me sentaría a contemplar el desorden de piedras y fuego en que se habría convertido el que nunca fue mi hogar. Luego me tumbaría y esnifaría todo el polvo lunar que cupiera en mis pulmones.


Carmen tomó la decisión de clausurar la boca del pozo después de que Tomás pegara al niño por primera vez y lo castigara encerrándolo en el sótano de la casa. Le había descubierto arrojando sus heces en la olla del guiso.
Hacía días que habían encontrado a Titán ahogado entre unos zarzales; en un intento desesperado de huir de la trampa se había despellejado vivo y arrancado su propio rabo. Esa mañana había visto desde la ventana de la cocina cómo el niño se subía al brocal del pozo, cerraba los ojos y lanzaba una moneda dentro. Poco antes el perro había mordido al niño.
Había transcurrido un año desde que se trasladaron a la casa del bosque, una década después de que diera a luz a los gemelos y la niña hubiera nacido, inexplicablemente, muerta.


A veces me llamo, pero cuando me nombro no respondo.

Están los días atareados, nítidos de fervor de lluvia picante,
de transeuntes acalambrados, de ropa tendida en los balcones,
de niños escurridizos que no quieren ir al colegio,
de colas en panaderías y ofertas en productos de limpieza,
de taxistas que paran sin saber que sólo espero, maravillado,
el tránsito del mundo.

Luego, las otras noches, cubiertas de lodo y silencios que presagian.
Sofás como tiendas de campaña,
televisores encendidos, mascotas inmóviles.
Mañana está en otra esquina y ayer no sirve.
El pensamiento como materia infecunda,
un río denso y vulgar que no arrastra.
Es la flecha del tiempo que se detiene.

A veces, nunca ocurre.


Recomendaciones para el correcto uso y abuso de la gastronomía literaria. 

La mezcla del ajo y de la frase hecha (mudo de asombro, calor sofocante…), son preámbulo de ecolalia pertinaz y de dispepsias pasajeras. Modérese.
El exceso de lumbre falsea el concepto que se quiere transmitir, que si es esencial en el relato, debe presentarse poco hecho.
Las especias deben administrarse con tiento cuando el producto es de primera calidad. Cuántas veces la adjetivación banal y previsible se ha llevado por delante una merluza.
Se desestima, se prohíbe, se destierra, la intromisión de frases en idiomas ajenos al original sólo para vanagloria del autor del escrito como chef de mundo. “Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers…” en unos callos a la madrileña. Horripilante.
Se aconseja ser comedido, siempre que no añada nada sustancioso, en la cantidad de texto que se sirve al comensal. Centenares de páginas no es sinónimo de una cocina venerable. Un libro a rebosar engaña al estómago embrutecido, pero el lector refinado se puede hartar y dejar la comida a medio leer.
Evítese el pleonasmo, firma del cocinero menesteroso y sin dotes. ¿Quién es el pesado que le añade almíbar y nata montada a un verso de Bécquer?
Y un consejo final, la buena cocina es preferible leerla en compañía y con una copa de vino de la generación del 27.


Se necesitarían mil vidas para conocer la Ciudad Inventada pues a cada momento se transforman sus límites. Estira, crece o mengüa según el capricho del autor, casi parece viva. Pero si solo dispusiéramos de unas horas recomiendo circunvalar por la autopista de Llosa, los conductores la recorren a su antojo ya que no hay carriles delimitados y los autos circulan paralelos o cruzándose de un lado a otro, según les baile. Milagrosamente, nunca se han registrado accidentes. Accederemos a la Avenida de Julio Cortázar, da igual el número, pues podemos entrar por el 27 y aparecer en el 16. O en el 53. Se intercambian continuamente. Evitemos salir por el 13, la vía de Albert Camus es un callejón sin salida. Mi consejo es abandonarla por el Barrio de Monterroso, una zona residencial repleta de pequeñas casitas unipersonales y aparcamientos mínimos donde apenas cabe un utilitario. Girando a la derecha llegaremos al Paseo Kafka con sus decenas de calles a medio hacer. Apenas parece que los obreros van a rematar una de sus vías, la abandonan y empiezan otra. Cuando les preguntan por qué actúan así, ninguno sabe qué hace allí. Tras alcanzar la Travesía de Salinger, flanqueada de plataneros, llegaremos al Parque de Jorge Luis Borges, una alameda inmemorial rodeada de extensos jardines de la que es más fácil entrar que salir. En su mitad se esconde la Cuesta de Joyce, un camino recoleto tan empinado y arduo que pocos son los que lo culminan sin caer en el desmayo o desistir en el empeño. Pero el esfuerzo tiene su recompensa. Al cabo, aparece un promontorio que vigila la ciudad entera. Allí, sentados en el banco de Neruda, podremos asombrarnos con un atardecer tan hermoso que no se puede describir con palabras.