textos de sierri

rascacielosLa última moda en Nueva York es dibujar cosas en el cielo, recortarlas en él. Los edificios se anclan allí arriba y se construyen hacia abajo. De este modo, hay un gran espacio sobrante entre el último piso del edificio y la tierra. La gente compra ropa con alas. Los más modernos llevan mochilas con motores a propulsión. Es el último grito. Ahora los aviones ya no pueden circular y la gente viaja en grandes autobuses muy veloces que surcan la tierra. O los mares. Y suicidarse tirándose desde una azotea está definitivamente pasado de moda.


bibliotecaEn mi Aleph hay un parterre con flores intactas. Hay una única flor de jazmín en un ojal. Hay una fuente de la cual mana un río que no llega a ningún sitio que yo conozca. Hay un risco en el que se encarama una cabra. Hay carreteras interminables que se agostan a lo lejos. Hay pasillos y paredes estucadas. Hay dedos que se mueven. Hay un señor sin pelo con una linterna frontal. Y una bata verde. Hay cuerdas de contrabajo que vibran y escobillas que remueven el aire. Y silencios que son música entre tecla y tecla. Hay la calle de las Torres que siempre lleva a mi casa. Hay tal cantidad de letras que llenarían el Aleph si este no fuera infinito. Hay un radiocasete negro con una sola tecla roja en la que pone rec. Hay cintas de zarzuela y de Los Panchos. Hay perfumes de muchos días. Hay vinos y palabras pronunciadas como si fueran conjuros. Hay grandes ojos marrones con largas pestañas. Y hay el imperceptible aire que mueven. Hay una negativa constante y un malecón que se repite en varias ciudades. Y en varias emociones. Hay sitios increíbles a los que me han llevado pero en los que he estado yo sola. Hay antiguos libros de cocina en fascículos y enciclopedias con saberes que ya nadie busca. Hay alfa y omega y un mar que guarda mi risa. Y unas olas que siempre se dirigen hacia mí. Y un horizonte que no contiene mis límites. Hay todas las brisas. Y el viento que se lleva las nubes. Hay cierta violencia que agrada. Hay corrientes que pasan de uno a otro. Hay muchos lugares que son míos y muchas casas que no son mi casa. Hay algo como de algodón. Y algo muy blanco.


pájaro rojoSalió a volar y quemó el aire. Y en la estela que dejaban sus alas, se fue quemando él. Juntó sus cenizas en el agua. Hizo cosas maravillosas con ellas, cosas que hasta ahora no sabía que podía hacer. Y fue el primero en hacerlas. Después se embozó y aguardó, con más miedo que esperanza, la próxima vez.


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Música que cimbreaba en la luz de los focos. Tintineo de hielo en las copas. Risas que se elevaban y caían y se disolvían después en el murmullo. Un polvo blanco que viajaba veloz en sentido contrario al de la exhalación. Pies que pisaban el ritmo, cabezas que asentían a las notas. Bocas que expulsaban el humo de un cigarrillo poco antes de besar. Cuando salimos del club ya era de día, pero aun así tuve que encender los faros. Tanta noche en los ojos.


IMG_7662Era una criatura maravillosa. Había tardado siglos en volver, pero ahora que ya estaba aquí, iba regalando prodigios por toda la ciudad. En su manera lánguida de posarse en los lugares, uno podía intuir vestigios de todos sus vuelos, algo que lo hacía ligero y actual. Pero la forma en la que se espesaba el tiempo a cada uno de sus pasos, nos hacía sospechar que rastrillaba siglos con sus pezuñas. No era muy temible porque nada había retoñado de sus encías ni el skyline de su lomo era una cordillera de amenazas. Ni siquiera era verde o marrón. Y su piel era lisa como la de un bebé. Nada sugería, ni remotamente, la posibilidad de escamas. Su vida en las aceras no era del todo desagradable, pero la sequedad con la que el asfalto resonaba en sus entrañas lo enloquecía a ratos. Y la vida a la sombra de los enormes edificios no siempre olía bien. Echaba de menos las cosas más tontas como notar que el barro se hundía bajo sus patas o que su aliento se mezclara con el perfume de las magnolias en la siesta. Anhelaba la novedad que se podía apresar en cada segundo, la certeza de que todo estaba aún por hacer. Sin embargo, no había llegado hasta hoy por casualidad ni había subsistido por un azar de la evolución. Estaba aquí porque nadie como él sabía de lo gravoso y de lo liviano. De lo que prende o de lo que vuela. De cómo podemos elegir volar por pesada que sintamos nuestra experiencia o, de lo contrario, quedarnos para sostener los barrotes de una realidad enraizada en la tierra cuando todos somos, lo sepamos o no, seres alados.


IMG_7593El Estado provee. Hay superpoblación. No hay donde comprar. La tierra y el mar están agotados. Cada día cogemos las latas que tenemos asignadas. Si todo sigue en pie, comemos. Si se derrumba, somos comidos.


IMG_0522No tenía mucho tiempo y me dolían las rodillas, pero aun así  quería hablar con Dios. Había cosas que quería pedirle. Respiré profundamente después de la oración y, antes de acabar la exhalación, una voz que no era la mía empezó a resonar en mi cabeza. Lo que escuchaba en mí era elegante y reposado, un flujo de palabras que se aposentaba mansamente en el polo opuesto a aquella manera mía de desear siempre tan apresurada y arrogante. Nadie podría haber desatendido la plegaria que aquel hombre pronunciaba desde la comodidad de la quietud, desde el milagro de la aceptación. Todo aquello que escuchaba coincidía exactamente con lo que yo habría deseado si fuera la persona que siempre he querido ser. Tuve un breve instante de duda, pero me pudo mi alma antojadiza. Salí corriendo con el rezo de aquel hombre. Me llevé todos sus deseos, todo lo que guardaba en sí, para hacerlo mío en cualquier otra iglesia. A cambio, le dejé todo lo que yo no tenía, lo que no valía, lo que me molestaba y  lo que nunca me haría feliz. Él tenía una buena espalda, podría con eso.


IMG_7554Solo queríamos pasar el colocón en algún sitio caliente, que alguien nos llevara a dar una vuelta. Queríamos estar en movimiento sin tener que movernos. Nos gustaba sentir el frío del cristal en la frente y ver las cosas de nuestra ciudad pasar. Al conductor lo conocíamos de vista, era un tipo amable. Aun así, también tuvo que salir corriendo. Había algo en nosotros que no nos hacía buenos.


f55Ahora decrecen. Son grandes cuando empiezan, son adultos, y algunos son maduros y otros no. Pero todos son bellos hasta que entran en el escaparate. Una vez allí, el deseo de mostrarse acaba con todo. Al principio lo hacen con cierta vergüenza, pero a medida que más gente se para a admirarlos, más alimentan su adicción a la visibilidad. Se sienten especiales. Exponerse les hace sentir que lo son. Y como siempre hay alguien que los mira, creen que son importantes. Al principio la vanidad es solo debida a su aspecto físico, pero después de un tiempo de permeabilidad a la admiración ajena, empiezan a creer que saben más cosas de las que en realidad saben y que eso también deberían mostrarlo. Y que quizás importe lo que pase en sus vidas, los viajes que hacen, las películas que han visto. Incluso llegan a pensar que a los demás les importan sus opiniones. Y las dan sin que nadie se las pida. Y por un momento, se sienten felices si los demás piensan que lo son, si alaban y hacen mayores sus pequeñas vidas. Todo lo que hacen suele gustar a alguien, a veces a mucha gente. Y ellos lo saben. Pero cada reacción, cada comentario, los va menguando. Podrían haber acabado como maniquíes de pasarela, siempre singulares y únicos, perfectos en su irrumpir de huesos, pero han acabado alineados en un coro blando y estático, sin voz propia. Mezquinos. Grotescos.


img_7402El dinosaurio se despertó. Con sus ojos milenarios observó todo a su alrededor. Sintió el rugido del hambre en su estómago, la sequedad del desierto en la garganta. Y lo recordó todo. Se fue levantando muy poco a poco para no marearse otra vez. Cuando estuvo completamente incorporado, se alejó del charco en el que, muchos siglos atrás, se había caído al beber agua. Maldita hipotensión.


img_7523Todos sabíamos que algún día llegarían. Vendrían desde Asia, desde África, desde nuestro propio continente. Sabíamos que su poder era magnífico y que en su avance convertirían los océanos en barrizales. Sabíamos que el frío iba a quedar relegado a las noches y que durante el día el calor sería casi insoportable. Sabíamos que todas las lluvias pertenecerían al pasado y que el futuro tendría el lomo abultado de una duna. Lo que no sabíamos era que su voracidad era vertical y que se alimentaban de todas las líneas rectas que ya nunca más veríamos.


f27 En una ciudad llena de edificios que rozaban el cielo, las iglesias ya no tenían sentido. Los sacerdotes tampoco. Pero la gente seguía necesitando una guía y por eso la religión no desapareció. Cambió de nombre y de lugar. Ahora vivía en una verticalidad. En esa verticalidad se podían escuchar durante todo el día historias de señores antiguos que hacían cosas buenas o malas y que eran compensados o castigados por ello. En la parte media de la estructura vertical había unas esferas que se iluminaban en cada ocasión según lo que estaba permitido hacer o no. El código era muy estricto y conocido por todos. Había unos carteles que te dirigían al lugar de tu castigo o de tu premio dependiendo de tus acciones. Y había unos focos que te iluminaban para hacerte sentir en comunión con la parte superior de la verticalidad. En la parte más baja, a la altura de los humanos, había unas pantallas que leían todo lo que había en los ojos de la gente. Una mano de nadie les daba, si la merecían, la bendición. Solo entonces podían seguir su camino.


img_1839El pato había hecho de todo para llegar al origen de sí mismo. Había reflexionado mucho acerca de dónde venía y de hacia dónde se dirigiría después, sobre su función y su trascendencia en este mundo, sobre todo lo que él, como pato, era. Había recorrido todos los confines de su ser tratando de encontrar su centro. No había nada que no hubiera probado y nada que hubiera dejado de hacer en la práctica tenaz de su labor. Se buscaba en cada inhalación, se recogía en cada exhalación, trataba de limpiar su mente para verse con mayor claridad. Se respiraba devotamente en cada asana, sentía cada átomo de su cuerpo en el mundo. Buscaba, denodadamente, su vínculo con esta tierra, la poderosa corriente que lo enraizaba en ella. Hasta que llegó un día en el que, en su empeño por amarrarse a sí mismo, llegó a olvidar que tenía alas. Y al final, por mucho que lo buscó, nunca llegó a encontrar su ombligo.


img_6954Ya no éramos jóvenes. Los otoños se habían amontonado hasta formar nuestra edad. El viento se llevaba las nubes y arrancaba el verano de los árboles. En las aceras ya no había espacio para las sombras. La esperanza era algo liviano, apenas el crepitar de las hojas secas bajo dos ruedas que, una vez más, empezaban a moverse.


img_3930Me había sentado en el suelo porque quería estar lejos de Dios. Ya había ido a todos los sitios a los que podía ir y no tenía nada mejor que hacer. Los bares que estaban abiertos allí eran sitios para gente que merecía su premio después de trabajar. Era ese tipo de gente que necesitaba hacer una pausa antes de seguir con su vida. Yo también había estado ahí donde estaban ellos, pero para mí era demasiado difícil lidiar con lo preciso, con lo compacto de las cosas. Todo estaba demasiado entero, demasiado claro y dolía. Todo permanecía en su sitio y, aunque fuera de una manera engañosa, solía funcionar. Las cosas eran las mismas todos los días y repetían sus formas al ritmo que marcaban los segundos. Lo único que de verdad se dejaba atravesar por el tiempo era mi cuerpo. El resto, resultaba intacto.

Me había sentado en aquel lugar porque quería sentirme impotente ante lo que me gobernaba. No quería que nadie me devolviera el juicio ni que nadie se hiciera cargo de mi voluntad o de mi vida. Quería conservar todos mis defectos, valerme de ellos. Hacer daño a otros, repetir las mismas ofensas a las mismas personas. Una y otra vez. Resguardarme de la palabra “perdón”. Equivocarme todos los días de mi vida hasta el final. Dejar de cumplir, en cualquiera de los sentidos que esta palabra pueda tener. Ser débil y no querer ser otra cosa. Yo solo quería permanecer allí sentado observando cómo todo perdía cualquier posibilidad de encajar. Mirar hacia arriba y no ver otra cosa que aquel rompecabezas en la calima. Hasta que el sueño entrara en mí. Quería que Dios me viera dormir.


img_7884Él se inclina para mirarla. Ella se yergue para verlo mejor. Se admiran. Él ama cada una de sus caprichosas curvas. Ella se complace en la rotundidad de sus miembros. Los siglos le han dado a cada quien lo suyo pero no solo tiempo ha tenido que pasar. También lava, ola y rayo. Y viento. Viento que se cuela por los poros de uno, que recoge el polvo y que lo hilvana en los poros del otro. Viento que silba en los puntos que no se tocan para no darle espacio a la fragilidad. Viento que enfunda la unicidad del otro. Viento que, para que lleguen a tocarse, tendrá que destruirlos.


img_8606A las doce del mediodía del Día de la Conformación vendría la sombra. Mirado desde el lugar donde estamos hoy, esto puede parecer algo rutinario, absolutamente esperable. Pero entonces fue algo determinante. Era de una importancia fundamental dónde se posaba la sombra exactamente, qué palabras abarcaba y qué letras en los extremos cogía por entero y cuáles eran las medias letras que habría que desechar. Lo que entrara dentro de la sombra se proyectaría en el muro de enfrente y conformaría una realidad en la oscuridad. Las palabras se leerían del revés y nada seguiría el orden establecido. Sería un mundo condenado a la penuria y a la falta. Sin embargo, las palabras y las letras que quedaran fuera de los límites de la sombra vivirían para siempre dentro de las normas, avaladas por la luz y por la claridad. Sería un mundo bendecido por la fortuna y la riqueza. En un universo de luces y de sombras, era complicada la existencia entre ambos mundos. Pero ese precisamente era el espacio donde habitábamos todos nosotros. Un mundo donde no había derecho ni revés, donde nada pertenecía a la mentira o a la verdad, a la riqueza o a la pobreza, a la luz o a la oscuridad. Un mundo alejado de límites o de normas. Ese mundo empezó a formarse a partir de medias palabras que habían quedado entre la luz y la sombra. Esas letras se despalabraban. Después, flotaban y se juntaban cada día de una manera. Y en cada ocasión daban lugar a un mundo distinto. El Día de la Conformación, Creador se sentía generoso y nos permitió existir. Llamó a nuestro mundo Ficción. Después, se echó a dormir.


img_7677¿Qué otra cosa podríamos haber hecho en la que se había convertido en la ciudad más inteligente del planeta? La gente había dejado de necesitarnos, pero nosotros teníamos que vivir. Esperábamos haciendo cola en las vías principales. Cada uno de nosotros tenía una placa con un código que combinaba números y letras. A medida que pasaba el día, íbamos recibiendo instrucciones por boca del agente encargado de nuestro rango de código. A los que tenían una T, se les pedían cosas simples como que aumentaran el tráfico en una determinada zona de la ciudad. Los que tenían el código AP eran los encargados de provocar pequeños accidentes en sitios clave en esa jornada. Los que tenían una R se ocupaban de hacer sonar el claxon repetidamente delante de la casa de alguien para desquiciarlo. O repartidos por puntos de la ciudad para provocar un determinado ambiente emocional en los ciudadanos. A veces, no pocas, debíamos ver sangre al hacer nuestro trabajo. Éramos los que teníamos una M en nuestro código. Cobrábamos más que los otros y no trabajábamos todos los días. Sin soltar las manos del volante, podíamos provocar crisis estatales. Internacionales incluso. Nos habíamos convertido en una parte esencial del gobierno de la ciudad, del país al fin y al cabo. Sin embargo, con nuestra simple existencia, con el hecho de que la gente nos viera por las calles, permitíamos que todo tuviera apariencia de normalidad. Pero lo cierto era que solo algún turista despistado nos pedía que lo lleváramos a un hotel o al aeropuerto. Y cuando eso pasaba, cuando algo tan sencillo pero tan extraordinario como eso pasaba, dábamos nuestro día por excelente y nos íbamos contentos a dormir.


img_7540Todas las mañanas la vida empezaba a emerger. Solo tenía que sentarme allí y esperar a que salieran cosas de aquellos huecos recubiertos de metal. Alrededor de las ocho empezaban a salir los olores: a café, a pan tostado, a gel de baño, a pasta de dientes, a desodorante, a loción para el afeitado. Los sonidos eran otras de las cosas que surgían de allí. El ruido de las alarmas del despertador: un eco horrible para los demás, una sinfonía para mí. Las charlas, no demasiadas a esas horas. Los niños que fingen estar enfermos para no ir al colegio, las agendas de la rutina. Las pequeñas discusiones domésticas por nada, porque alguien tiene sueño y mal humor cuando se levanta. Porque no se ve con ánimos. Porque pagaría por quedarse dando vueltas en un autobús con calefacción, solo viendo la ciudad pasar por la ventanilla. Las peleas ancladas a demasiadas mañanas (y tardes y noches). El crujir de un blíster: lo que duele, lo que angustia, lo que no funciona. Las verdades que defienden los espejos. Los lloros porque estoy gorda, porque no tengo qué ponerme, porque nadie me va a querer. El secador de pelo, el calor. Sonidos de besos, de muelles. Ronroneo que viene del sueño. El ruido del agua que cae de todas las formas domésticas posibles. El primer pensamiento puesto en una copa, en un cigarro, en la hierba, en ese polvo blanco que necesita de la velocidad. En ti. La resaca. El “hoy de verdad no puedo” de todos los días. Los silbidos de los afortunados. Los tarareos. Ruidos de tazas y de platos. Algunas canciones, no muchas. Los buenos deseos para el día, los besos en la puerta (los abrazos cuando casi todo está intacto), las miradas que siguen a alguien hasta que desaparece de la vista. Las sonrisas, benditas sean sobre todo por las mañanas. Podía pasar horas allí, sintiendo la vida de los otros que salía de las rejillas. Pero al final, antes o después, todos abandonaban sus casas e iban a lugares donde no querían, con gente que no querían, a hacer cosas que no les gustaban. Lejos de todo lo bueno o malo que dejaran bajo llave en aquellos edificios. Lejos de la gloria o del infierno que les pertenecía. Del limbo de todo lo que todavía no sabían. Podían percibir algún destello en la parada del autobús, en los pensamientos (cruciales) al agarrarse a la barra del vagón del metro. Y yo me quedaba allí, respirando durante algunas horas más, añorando con todo mi corazón la vida que otros tenían, algo de lo que yo también tuve alguna vez. Podía alimentar con cada uno de mis minutos (hasta la muerte) a aquellos agujeros metálicos. Yo les daba mi tiempo, ellos me daban vida. Al fin y al cabo, nada ni nadie me esperaba al otro lado del río.


Por mucho que os acerquéis al río, no podréis beberme. Yo ya no estoy allí. Si me queréis, tendréis que venir hasta aquí y observar, con miedo y esperanza, mi agonía. Yo sé lo que buscáis en mí, pero vosotros no tenéis cómo asir el viento que me hace tosco contra la tierra. Nunca vais a saber qué hacer con todo lo verde que se ha precipitado en mis sentidos ni con el recuerdo de toda la sangre que ha bendecido esta tierra. Decidme cómo vais a medir todas las distancias aceradas en mis pezuñas, toda la saliva que he dejado río abajo. Sé que envidiáis lo severo de la velocidad con la que corro y la firmeza con la que mi cuello lanza la mirada contra el horizonte. La esencia del agua que moja mi ingravidez. Quiero saber dónde vais a poner el sol que alfombra mi galope, todo el polvo que ha levantado la inquietud de mi celo. No podréis tolerar la sed que no se agota ni el ansia en cada batalla ni la vida que se hace fuerte en la victoria. Yo soy el dios que alguna vez soñasteis y anheláis todo lo que encierran las líneas que me dibujan contra el cielo de la llanura, lo sagrado del aire que remueven mis pasos. Todo aquello que, de ningún modo, vais a llevaros aunque hayáis venido a respirar mi último aliento.


In memoriam. Ahora nadie necesita sentarse a descansar y las personas no pueden permitirse el lujo de esperar. El minuto de tiempo perdido cada vez cuesta más caro. Lo vemos todo a través de nuestras pantallas. ¿Qué podríamos hacer aquí sin nada que mediara entre nosotros y lo que vemos? ¿Cómo se hace para detener la mirada en algo? No se puede mirar el mundo en diagonal.


Siempre la veía alejarse por el camino que llevaba a la colina. Cojeaba (sus muslos como siameses) y cada día andaba peor, pero había algo en aquella imperfección que la hacía muy atractiva para mí.  Todo lo que yo hacía durante el día no valía para nada si, al final, no podía mecerme en sus andares hasta que la perdía de vista. Después, todo se volvía esperar su vuelta. También me gustaba verla andar de frente aunque el encanto no era el mismo. Había algo que se perdía por encima de su cintura. Realmente no me importaba demasiado adónde se dirigía, aunque sabía que en lo alto de la colina solo había un sitio al que ir. Y yo me iba perdiendo a mí mismo en cada una de sus idas hasta que llegó un momento en el que su cojera se volvió angustiosa y, a partir de entonces, no pude mecerme sin sobresaltos. Un día, simplemente no regresó. Al día siguiente tampoco lo hizo, ni al otro. Y así pasaron varios días hasta que decidí seguir los pasos que ella había dado antes tantas veces. La busqué colina arriba. Divisé aquel lugar cuando me faltaban pocos metros para llegar. Visto de cerca, era realmente asombroso. En el pueblo decían que, si te metías dentro, se podía escuchar el mar. Yo nunca creí esa historia porque el mar era algo que estaba demasiado lejos de nuestra tierra. Aun así, la curiosidad me llevó a entrar. Y escuché el mar, claro que lo escuché. Y olí su salitre y su viento me despeinó. Y toqué aquellas paredes de tacto nacarado y, cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad, la vi. Agonizaba en el suelo rodeada de algas y de plumas sucias de gaviota. Boqueaba en busca de oxígeno cuando reparó en mí. Fue entonces cuando sus últimos coletazos rompieron la primera y última mirada que hubo entre nosotros.


Si solo me quedara un pensamiento por tener, me gustaría tenerlo en este lugar. Al hilo que trazara el pie cosiendo el espacio que va del primer paso a la primera palabra, otras tantas hilvanarían el revés de las sombras con la luz. Y mi pensamiento saltaría de un pespunte a otro, de una palabra a la siguiente, como si en sus patas de mariposa se quedaran pegadas las briznas de colores de los hilos y las mezclara al frotárselas. Después, caerían al suelo para que yo, al pisarlas, estampara el tapiz de lo que iba a ser mi último pensamiento.


 Al vapor le gusta la verticalidad porque lo que hace en la vida es subir. Hay restos de los días que son limpios. Se descomponen en restos aún más pequeños y, como no hay resistencia, se mezclan. La normalidad, lo cotidiano: indistinguibles unos momentos de otros. No se puede separar el café de esta tarde del de ayer, todos los besos en la puerta antes de salir. La desgana siempre idéntica a sí misma. Cuando las partículas de lo mismo ya son demasiadas, la rutina hace que aumente la presión. Entonces estas se elevan y desaparecen en grandes humaradas verticales. Lo extraordinario, no. Lo extraordinario no quiere mezclarse y por eso se pega a grandes trozos en mis reversos. No gusta de limpieza. Es alérgico al material que quiere llevarse lo que está por encima de la superficie de las cosas. Por eso, si intentas llegar hasta arriba para limpiarme, estornudaré. Y todo lo extraordinario saldrá por mi boca.


Había círculos y rayas y rectángulos. Sabíamos que detrás de cada rectángulo había un libro. Sabíamos que cada círculo era un área del saber. Sabíamos que las rayas determinaban hasta dónde nos era permitido llegar dependiendo de nuestra posición. Sabíamos que, sin las rayas, hubiera sido un bonito y justo mundo que no se habría sostenido.


 El lunes empiezo la dieta. No volveré a enamorarme nunca más. No tengo tiempo para nada. Esta es la última vez que lo consiento. Esto no es miedo, es solo estrés. Por uno no pasa nada. Tengo demasiado trabajo. A mí no va a ocurrirme nunca eso. Esta es la última vez que bebo. Todo va a ir bien. Pese a todo, me quiere… Nada de todo esto era ya posible en un mundo en el que, despegarte medio centímetro de ti mismo, suponía caer en picado. Y de cabeza.


Hace algún tiempo, en una ciudad que todos conocemos, hubo una pequeña plaga de bebés vampiro. 


Hubo un soplo de viento que pasó por esta playa. Era un viento que se estaba haciendo viejo, que se había agotado de ver mundo. Se había cansado de romperse contra las paredes de los edificios, de saturarse de humos, de ruidos de claxon. Ya no le cabía un grito, un lloro, una risa,  una promesa más. Se había cansado de transportar inútilmente frases cuyas respuestas viajaban en otros vientos. Ya no quería ser respirado por hombres que no lo merecían. Cuando llegó a esta playa, estaba amaneciendo. Vio la luz de la farola y eligió aquel lugar para quedarse. Sopló por última vez y lo hizo sobre sí mismo. Se aseguró de dejarse un ojo con el que poder contemplar.


Nunca he sido rápido en la interpretación de las realidades que he tenido ante mis ojos, normalmente los demás encontraban la explicación a todo antes que yo. Siempre voy dos o tres pensamientos por detrás que el resto de las personas. No es algo que me moleste demasiado, tengo mi ritmo personal para todo: cinco bocados por detrás, diez pasos, cinco kilómetros, un desayuno y una ducha por detrás, un par de páginas. No sigo bien los tiempos de las cosas y me cuesta entenderlas, eso es todo. Suelo perderme entre tanta información: todo se desordena y se mezcla en el aire, todo vuela. No veo claras las fronteras entre lo que se puede y lo que no se puede, entre lo obligatorio y lo que no es necesario, entre lo que provoca afecto y lo que solo causa dolor. Nunca he entendido el significado exacto de lo recomendable. Por eso, añoro en la realidad la experiencia de la caligrafía. En una hoja pautada todo está colocado en orden dentro de las líneas. Solo las letras altas pueden sobresalir. No se puede escribir una palabra dentro y otra fuera. El ritmo lo dicta el movimiento de mi mano y yo decido cómo es ese ritmo. Puedo pararme a pensar después de un punto, decidir la manera en la que junto o separo las cosas. Soy yo quien construye, párrafo a párrafo, el sentido de todo. Pero lo más importante es que puedo equivocarme. Puedo cometer el peor de los pecados, puedo odiar, matar, puedo no querer, puedo engañar, ser desleal, infiel, ser malo, no amar a los míos, puedo decir las palabras más terribles y tomar las peores decisiones. Puedo eliminar lo que duele, lo que provoca miedo o vergüenza y pasar a tinta lo que quiero conservar en el recuerdo. Y si me llegara el ánimo, podría tener pequeñas glosas casi definitivas de la realidad. Porque el final es solo un signo marcado a lápiz. E incluso eso lo puedo borrar.


Quería irse, salir por la ventana, echarse a correr. Dejar la postración, recuperar la verticalidad. Volver a hacer las cosas a su imagen y semejanza, o todo lo contrario. Descerrojar los textos en los que estaba aprisionado, huir de las escrituras. Quería que alguien le devolviera la potestad y el deseo. Quería recuperar la pasión,  la inquietud que anuncia lo que va a llegar desde lo oculto. Esa ansia. Todo lo que había hecho antes estaba sucio y ajado. Inservible. Quería ser tan terrible como dijeron que alguna vez fue. Quería arrasarlo todo. Quería destruir. Quería limpiar su nombre y recuperar su atributo primero. Quería crear. Solo quería volver a hacerlo todo otra vez. De nuevo, de otra manera. Y dio el primer paso: empezó a viajar en sentido contrario al de la luz.


Dios se había fugado porque quería crearlo todo de nuevo lejos de los templos y de la curia. La relación entre ellos no había terminado bien porque existía un instigador, alguien que había movido los hilos y las voluntades. También las divinas. Se trataba de un grande, sin duda. La mayoría de nosotros coincidíamos en nuestras sospechas y por eso decidimos acusarle. Le dijimos que teníamos pruebas de que había permanecido sentado mientras los demás estábamos en pie para rogar por la vuelta de Dios. Nos miró a los ojos compasivamente y con su sonrisa más dulce nos preguntó que cómo podíamos saber si fue el primero en sentarse o el último en levantarse. Poco después, él mismo empezó a predicar sobre un nuevo Dios y escribió los textos fundacionales de lo que ahora es nuestra religión. Tenía la clave para hacerlo: sabía en todo momento cuáles eran las preguntas adecuadas. Aunque hubiera renegado de la antigua religión, en ningún punto de su camino había olvidado lo que era la fe.


El edificio tenía dos salidas: a derecha y a izquierda. Las tres plantas superiores las ocupaba el hospital donde se nos hacía el tratamiento. En las dos plantas subterráneas estaban las cápsulas. Cuando salíamos, nos daban un abrigo, ya fuera invierno o verano. Nos decían que era importante estar abrigado durante las primeras horas, incluso durante los primeros días. Para ir aclimatándonos poco a poco a la vida fuera de las cápsulas. Algunos de nosotros no queríamos salir; otros, no soportaban estar allí ni un segundo más. No sabíamos dónde estaban los nuestros, si nos reconocerían o si les llegaría la memoria hasta nosotros. No esperábamos que los sitios en los que vivimos siguieran en pie. Por eso, nos juntábamos entre nosotros y empezábamos de nuevo. A veces incluso formábamos nuevas familias. Solo unos pocos querían encontrar lo que algún día dejaron. Habrían tenido una vida feliz. Cada uno fue elegido por un motivo concreto que no nos sería revelado. Las apariencias habían dejado de significar algo: aquel con aspecto desvalido y huidizo quizás fue el presidente de un país importante o un escritor singular o un científico que había hecho grandes descubrimientos. Alguien que tuvo una inteligencia superior o unas cualidades físicas destacadas. Ahora no sabíamos quiénes éramos. Solo teníamos un abrigo y un poco más de vida para pagar el precio de esta nueva oportunidad.


Cuando el pájaro no estaba volando, iba salpicando el suelo de flores. Entre él y su sombra mediaba todo un reino natural.


Si le diéramos la vuelta, las barcas barnizarían el aire y el avión rayaría el agua. Comeríamos pájaros gigantes y los peces serían la libertad. Si le diéramos la vuelta, podríamos caminar por pasarelas entre las nubes. Tendríamos la cabeza roja y los pies lívidos. Y sin barandas, nunca; sin barandas, no. Si le diéramos la vuelta, yo iría sentada por encima del mar y tú a pie de todo. Yo habría tenido algo más importante que hacer que quedarme, tú ya me habrías cambiado por un pensamiento. Si le diéramos la vuelta, yo vería las cosas aplastadas y de muchos colores, tú verías cómo tiende hacia ti todo lo que linda con tu mirar. Yo escucharía el rugido de lo que se va quedando atrás, tú el sonido de la nada de quien elige quedarse. En silencio.


Mi estómago la presentía cada vez que sonaba la puerta. Tenía todas las cuchillas relucientes y la espuma ligeramente perfumada que prefería. Le reservaba las toallas más suaves, las que lavaba en casa con el mejor suavizante del mercado. Procuraba que no hubiera ni un pelo en el suelo y que los sillones estuvieran lustrados como piel de zapatos nuevos. Lo tenía dispuesto para que cuando llegara todo relumbrase en su día como ilumina el cielo la alegría de los fuegos artificiales. Pero no venía todas las semanas, a veces ni siquiera una vez al mes. Cuando la impaciencia empezaba a dolerme, con las propinas pagaba lo que costaba la entrada para verla en el circo.